Las clases sociales en la mira

“Parásitos”

Foto: difusión

Esta película1 obtuvo seis nominaciones al Oscar, pero no justamente en categorías menores: mejor película, mejor película extranjera, mejor dirección, mejor guion original, mejor montaje, mejor dirección artística. Cartón prácticamente lleno en los rubros clave de la creación cinematográfica. El hecho de competir como visitante es, además, especialmente meritorio, considerando que, con suerte, una sola película extranjera (léase, de cualquier parte del mundo exceptuando Estados Unidos) logra semejante privilegio cada año. El 2019 fue el año de Roma, ahora le tocó el turno a Parásitos.

Inspirada levemente en experiencias personales del propio director y guionista Bong Joon-ho –cuando estudiante obtuvo un trabajo como tutor de un niño, en una lujosa mansión–, la trama se centra en una familia humilde, cuyos miembros tienen trabajos temporales y mal remunerados. Cuando se les presenta una oportuna ocasión, comienzan a urdir estratagemas para trabajar en la casa de una familia acaudalada. Así, se las ingenian para presentarse sutilmente como los indicados para satisfacer necesidades específicas, en ocasiones, boicoteando a algunas de las personas que allí trabajan. Su integración “parasitaria” comienza a ser creciente, y así, de malvivir en un sótano que se inunda cuando llueve, pasan a “convivir” junto con una sofisticada familia burguesa.

A pesar de que los invasores utilizan medios poco éticos para sus objetivos, es inevitable tomar partido por ellos, ya que, en contraste, parecen más merecedores de un desenlace positivo. Los dos mundos entran en conflicto y, por oposición, se despliega una notable radiografía social, en la que los resentimientos, las fobias, los estigmas, las ambiciones y demás sentimientos suscitados por las desigualdades son notablemente explorados. Al igual que en brillantes películas como El sirviente, La nana, Los dueños o Gente de bien, esa transgresión por la cual los trabajadores atraviesan los difusos umbrales de lo permitido (quizá sentarse en el sillón del patrón pueda ser interpretado como una falta terrible) es notablemente explotada, lo que genera grandes momentos de incomodidad, pero también llama a una reflexión al respecto. En el mundo capitalista actual, es sumamente improbable que dos familias de este porte se crucen en un mismo espacio físico, a no ser que los unos trabajen para los otros, o que, de algún modo, las clases medias empobrecidas encuentren la forma de burlar o hackear el sistema: de la misma manera en que la familia humilde se las ingenia para robar señal de wifi, se ve cómo sólo con argucias pueden acceder a sitios totalmente vedados. El ascenso social parece imposible, y la creciente agudización de la brecha social genera la existencia de rígidas castas y un creciente desprecio hacia los estratos inferiores.

La palabra “parásito” tiene una interesante acepción: refiere justamente a una “persona que vive a costa de otra persona o de la sociedad”. De a poco, la película exhibe sutilmente que, lejos de lo evidente, los parásitos referidos en el título podrían no ser necesariamente los invasores, sino los mismos integrantes de la familia rica. En la obra de Bong siempre estuvieron presentes los temas económicos y sociales, pero el director nunca antes se había detenido con tanto acierto y sentido del humor en las abismales diferencias que se viven en el mundo y, en particular, su país, Corea del Sur. Los imperios empresariales (o “chaebol”) dominan la economía de la península desde hace décadas, y varios cineastas (como Lee Chang-dong, en su insuperable Burning) han reflejado recientemente en su cine la presencia de nuevos, excéntricos y poderosos millonarios, obsesionados con el consumo de artículos de lujo.

1.   Parasite. Bong Joon-ho, Corea del Sur, 2019.

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