Trump no es el problema - Semanario Brecha
Más allá del personaje

Trump no es el problema

Cuando Alemania fue derrotada en 1945, el mundo se expuso a la revelación de un horror que hasta entonces era desconocido por la opinión pública. El régimen nazi no solo había envuelto a la humanidad en la más sangrienta guerra de su historia, sino que, además, desplegó un ejercicio sistémico y tecnificado de la crueldad, aparentemente irracional, sobre seres humanos: campos de exterminio, trabajo esclavo, cámaras de gas, experimentación en personas, excesos sádicos de diverso tipo… La manera en que Occidente metabolizó ese horror y apaciguó su propia conciencia fue narrando el fascismo histórico como un accidente, un secuestro colectivo perpetrado por un grupo de locos al mando de una nación hipnotizada. El foco de la responsabilidad se hizo entonces personológico: el problema habían sido Adolf Hitler, Joseph Goebbels, Heinrich Himmler y demás terribles personas que ocuparon el aparato del Estado. Hay abundantes productos culturales cuyo énfasis son los defectos personales, los diversos traumas o complejos y los afectos particulares que cada uno de los jerarcas nazis pudieran haber tenido, y que se insinúan como explicación a la supuesta suspensión del juicio que fue el nazismo.

En marzo murió Jürgen Habermas, último representante del período clásico de la escuela de Fráncfort. Fueron, precisamente, los maestros de Habermas los primeros en oponerse a la interpretación sobre el fascismo antes explicada. La teoría crítica revela que el holocausto no fue en modo alguno un paréntesis de irracionalidad en el camino de la civilización moderna, sino uno de los resultados posibles del desarrollo de esa misma modernidad. No un accidente, sino un resultado del capitalismo industrial y su relación instrumental, de costo-beneficio, de puro cálculo, con el mundo. La ironía radica en que, unas semanas después de la muerte de Habermas, muchos de los mismos medios y voces que lamentaron grandemente su pérdida y reivindicaron la importancia de su pensamiento y el de Fráncfort cubren y analizan la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán desde un enfoque que haría a aquellos alemanes del instituto sonreír con amargura.

LA MISMA PIEDRA

Otra vez parece que el problema es un hombre. Así como durante los momentos más intensos de la ofensiva genocida sionista en Gaza el foco apuntaba a la figura de Benjamin Netanyahu como un malvado político que estaba excediéndose, minimizando la naturaleza inherentemente colonial y deshumanizadora del aparato sionista, ahora la alarma respecto a lo que ocurre en el golfo Pérsico y sus actuales y futuras consecuencias económicas, militares y humanitarias parecen apuntar a que la Casa Blanca está habitada por una especie de lunático.

Ciertamente, Donald Trump puede llegar a comportarse como un lunático: sus posteos en Truth Social, en los que amenaza a Irán con ser borrado del mapa o en los que maldice como un adolescente porque los persas no cesan en su cierre del estrecho de Ormuz, son un botón de muestra. Sin embargo, no se puede confundir el personaje con la persona, ni a la persona con la tendencia, independientemente de que Trump o Netanyahu sí parezcan ser, en efecto, individuos muy desagradables. Tanto la psiquiatrización como la moralización no son sino maneras de exculpar a sus ideologías y a los intereses políticos y económicos concretos que representan.

Así se puede llegar a escuchar cierta añoranza respecto al Partido Demócrata, por ejemplo, sobre todo luego de que Trump lanzara lo que pareciera una amenaza de ataque nuclear el martes 7 de abril. Esa es la añoranza por la vieja política «seria», «confiable» y, más o menos, predecible. Trump se comporta como el narcisista competidor de un reality show. No cabe duda. Pero cabría recordar cómo la muy «moderada» y «confiable» administración de Joe Biden no nos ponía más lejos de la guerra mundial o de la conflagración nuclear cuando le encimaba la OTAN a Rusia, Ucrania mediante. Tampoco esa administración, estéticamente más «respetable», cejó un minuto en su apoyo al exterminio de palestinos por parte del Estado sionista. De hecho, otra gran ironía es que haya sido precisamente Trump quien lograra algo así como un alto el fuego en Gaza.

Como decía hace poco en una entrevista el intelectual comunista cubano Josué Veloz Serrade1 refiriéndose a la agresividad hacia Cuba, no se puede olvidar que el imperialismo tiene sus necesidades, sus lógicas, sus intereses y sus tareas. No es lo mismo la discrepancia de formas que la discrepancia de fines. En todo caso, Trump y Netanyahu son el tipo de políticos que se ocupa de hacer el trabajo sucio, bajo un poco –o mucho– escarnio público, pero con el silencioso agradecimiento y la garantizada impunidad por parte de las élites. Es fácil desechar luego al chivo expiatorio y dejar intactos el sistema y los intereses que lo hicieron posible.

PASARÁ, PERO ALGO QUEDARÁ

La verdadera tragedia no es que el imperialismo atlántico tenga o necesite a un Trump, sino que el mundo no cuente ni con los instrumentos ni con la determinación para detenerlo. Lo que vemos emerger no es el dominio de un narcisista mal ubicado y con demasiado poder, sino un imperialismo que ya no siente necesidad de cuidar las formas para ejercer su dominio, algo más preocupante aún. Trump puede pasar, y pasará, pero cuando lo haga, ya la cerca de lo admisible estará corrida un poco más hacia la barbarie, hacia el comportamiento canalla de las naciones. Ya lo vivimos en Gaza: un ensayo de tres años de desensibilización respecto al sufrimiento humano; un genocidio fue transmitido en streaming para que nos acostumbráramos al horror.

Así el capital va allanando cada vez más y cada vez más rápido su camino. En un mundo anémico de alternativas y de revoluciones desde hace más de tres décadas, las élites capitalistas occidentales pueden llegar a creer –y eso parece que está pasando– que ya no necesita disimular para sostener el dominio. Menos ahora que, además de ya no tener que preocuparse por la amenaza soviética, tiene un acceso inéditamente asimétrico a las tecnologías de vigilancia, control social, manipulación y muerte. No es Trump: es eso. De ahí la gran importancia de la batalla que libran los iraníes, cuyo sistema político puede gustar más o menos, pero cuyo intento de pararles los pies a los que ya estaban convencidos de su absoluta impunidad e invencibilidad no puede desmerecerse ni por un segundo. Irán está luchando por el futuro del mundo. Está intentando restablecer un límite, justo cuando ese límite parece haber desaparecido.

  1.  Josué Veloz Serrade con Inna Afinogenova, «Situación de guerra en Cuba (frente al multilateralismo hipócrita)». ↩︎

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