Punto y seguido - Semanario Brecha
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Punto y seguido

Gideon Saar (izq.), ministro de Asuntos Exteriores de Israel, junto a Abdirahman Abdullahi Mohamed (der.), presidente de Somalilandia, en el Palacio Presidencial de Hargeisa, el 6 de enero. AFP, Oficina Presidencial de Somalilandia.

Una mirada a tres miniacontecimientos findeañeros que pasaron casi desapercibidos por la intervención en Venezuela: el (no tan) extraño reconocimiento de la prácticamente ignota Somalilandia por Israel; la liberación de dos represores emblemáticos y la esperada asunción del alcalde socialista Zohran Mamdani en Nueva York.


¿Somaliqué?

Israel y su mirada de largo plazo

Somalilandia tiene una superficie bastante similar a la de Uruguay y el doble de habitantes, pero, si alguien con escasos conocimientos de geografía tuviera que ubicarlo en el mapa, es de prever que tendría muchas más dificultades que para ubicar a un Uruguay que solo le sonaría por el episodio de los Simpson (youaregay). Somalilandia es una región ubicada en la parte norte de Somalia, en el Cuerno de África, entre el mar Rojo y el océano Índico, que se proclamó independiente en 1991, pero a la que nadie hasta ahora había reconocido. Pues bien, Israel lo hizo finalizando 2025, y ahora ambos se aprestan a abrir embajadas y desarrollar una «estrecha cooperación en todos los planos que permita el desarrollo mutuo», según un comunicado de Tel Aviv. La rareza de la iniciativa israelí se explica por un único motivo de base: el geoestratégico. Somalilandia está frente a las costas del Yemen controlado por los rebeldes hutíes, que no han parado de asediar a los gobernados por Benjamin Netanyahu desde el comienzo del genocidio en la Franja de Gaza. El territorio tiene unos 850 quilómetros de litoral sobre el golfo de Adén, al borde del estrecho de Bab el-Mandeb, por el que transitan buena parte de los buques petroleros. «Poco le importa en realidad a Israel el desarrollo de Somalilandia», declaró al portal francés Mediapart Robert Marshal, especialista en conflictos armados en el este de África en el Centro de Investigaciones Internacionales de París. «Sus objetivos son dos: que se le faciliten los ataques a los hutíes de Yemen y contar con una base aérea en caso de bombardeos a Irán». David Khalfa, de la Fundación Jean Jaures de París, se lo confirmó a la Agencia France Presse (AFP) al sostener que el reconocimiento de Somalilandia por Israel «se produjo tras conversaciones celebradas en el máximo secreto con la participación del Mosad [agencia de inteligencia israelí] en un papel paradiplomático». Si Israel «obtuviera permiso para desplegarse en territorio de Somalilandia, su ejército podría operar aviones y drones de vigilancia para monitorear y atacar a los hutíes», aliados de Irán, una de las fijaciones de Netanyahu y sus halcones y de Estados Unidos, agregó. «La posibilidad de operar desde Somalilandia podría cambiar las reglas del juego», visto que hasta ahora los hutíes no han podido ser ni medianamente controlados por Israel y Estados Unidos, le dijo también a la AFP Asher Lubotzky, del Instituto para las Relaciones Israelí-Africanas. Sin haber reconocido a Somalilandia como país independiente, Emiratos Árabes Unidos, la monarquía del Golfo con la que más cuentan Tel Aviv y Washington, ya opera una base militar en el puerto somalilandés (¿sería ese el gentilicio?) de Berbera, sobre el océano Índico, y podría ofrecérsela a Israel. Los Emiratos cuentan a su vez con Israel para ayudarlos a expandir su presencia militar en el este de África.

La operación diplomática israelí levantó protestas en Somalia, por supuesto, y en la mayor parte de los países africanos. También en Arabia Saudita, enfrentada a los Emiratos en el Cuerno de África, y en Turquía, otra potencia regional de primer plano, que combate con Israel por aliados interpuestos en la desangrada Siria y con ambiciones de expansión en una zona del mundo rica en recursos y cada vez más militarizada.

Cuando en días pasados se le preguntó qué opinaba sobre la jugada israelí en Somalilandia, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, después de bromear, con su habitual cara simpsoniana, sobre el no-país africano («¿alguien puede decir dónde está»?), afirmó que era cuestión de los israelíes. «Israel es un Estado soberano. Puede hacer lo que quiera», dijo, lo que en traducción del trumpiano al español podría significar: los apoyamos, como siempre.

Daniel Gatti


Largó Mamdani

Como en botica

El 1 de enero Zohran Mamdani se estrenó como alcalde de Nueva York. Juró su cargo sobre el Corán, dijo que «la izquierda» estadounidense demostrará con hechos que puede cumplir sus promesas de una gestión «para la gente» y diametralmente opuesta a la que conduce Donald Trump a nivel federal y manifestó su respaldo a otros «socialistas democráticos» que quieren desplazar de la conducción demócrata a «aquellos que piensan más en favorecer a las élites que al pueblo». En esos sectores, que tienen entre sus referentes al senador Bernie Sanders, se habla de «aprovechar» el Zohmentum, el momento Zohran. La actual diputada propalestina Ruwa Romman, que quiere convertirse en gobernadora de Georgia, el agricultor Graham Platner, candidato a senador por Maine, el activista social de origen indio Saikat Chakrabarti, que pretende el cargo de diputado por San Francisco que hoy tiene la «baronesa» demócrata Nancy Pelosi, Andre Easton, que se presentará a las internas demócratas para desplazar al proisraelí Ritchie Torres en el Bronx, son algunos de los que aspiran a surfear la ola. «Hay un antes y un después de Zohran. Él ha demostrado, entre otras cosas, que la plata no es garantía de victoria. Sus rivales gastaron fortunas, por ejemplo, en propaganda racista e islamófoba, y Zohran ganó recorriendo los barrios, a partir de una interacción directa con los habitantes y sobre todo defendiendo una visión transformadora, de justicia social», dijo Easton. «Demostró que un musulmán, propalestino, inmigrante y socialista podía ganar en la ciudad de Wall Street.»

Pero ya hay disidencias en el frente de la izquierda demócrata. En Seattle, la exedila Kshama Sawant teme que Mamdani siga la vía de la diputada Alexandria Ocasio‑Cortez, una de las referentes iniciales de la izquierda demócrata, y termine «capitulando» ante el establishment partidario. Se apoya para ello en que el nuevo alcalde mantuvo en su cargo a Jessica Tosh, jefa de policía en el gobierno de su predecesor Eric Adams, un demócrata extremadamente moderado. A Tosh los sectores progresistas y de izquierda de la ciudad le reprochan la represión de las manifestaciones propalestinas. Sawant también critica a Mamdani por haber dado participación en su equipo de transición al magnate inmobiliario Jed Walentas, y por respaldar en las internas a Hakeem Jeffries, ligado al lobby sionista. «No se puede pactar de ninguna manera con los caciques demócratas. Si lo hacés, perdés tu alma», dijo.

Quienes aseguran, en cambio, que Mamdani «jamás traicionará sus promesas de campaña» encuentran a su vez respaldo en algunas de las primeras resoluciones que tomó el flamante alcalde, entre ellas la anulación de dos órdenes ejecutivas de su antecesor Adams. Una de esas órdenes prohibía a las agencias municipales neoyorquinas desinvertir en Israel y la otra ampliaba la definición de antisemitismo para hacerla coincidir con la de la Alianza Internacional para la Memoria del Holocausto, que identifica como antisemitas las críticas al Estado de Israel. Por otro lado, Mamdani ya ha tomado disposiciones para favorecer el acceso de los más pobres a la vivienda que no han sido del agrado de varios caciques demócratas, y para marchar hacia la gratuidad del transporte público.

Se verá.

D.G.


Otros dos represores liberados en Argentina

Un goteo que marca tendencia

El 2025 terminó en Argentina con la libertad condicional otorgada por la Justicia a dos represores. Ambos revistaron en su momento en la Policía Federal, operaron en los centros clandestinos Club Atlético, Banco y Olimpo y en 2010 fueron condenados a cadena perpetua. El primero en salir de la cárcel fue Eduardo Kalinec, un comisario conocido en los campos clandestinos como «Doctor K», y el segundo Eufemio Jorge Uballes, subcomisario apodado «Káiser» por sus simpatías abiertamente nazis. Los fallos que llevaron a la liberación de ambos provinieron de un mismo tribunal de casación, que por mayoría desestimó la evidente falta de arrepentimiento de los dos exjerarcas policiales, acusados de decenas de casos de torturas, asesinatos y desapariciones.

Doctor K es padre de Analía Kalinec, una de las fundadoras, en 2017, de Historias Desobedientes, una asociación (con réplicas en varios países, incluido Uruguay, como ha informado de manera abundante Brecha) que reúne a familiares directos de represores que pasaron del otro lado de la barricada y se sumaron a los reclamos de castigo para los acusados de delitos de lesa humanidad. Es también autora del libro Llevaré su nombre. La hija desobediente de un genocida.

Por esas coincidencias significativas, Analía se enteró de la liberación de su padre, con quien no tiene contacto alguno desde hace mucho tiempo, justo cuando en una ceremonia de fin de año en el liceo porteño al que acude uno de sus hijos, el Nacional Buenos Aires, se estaba evocando a 108 exalumnos desaparecidos bajo la dictadura. «Vibra el celular en mi cartera […]: “Ana, largaron a tu viejo”. No quiero que sea una opción quedarme callada. Es el mandato: no hablar. Tengo que poder decir algo. Es parte de la desobediencia decir algo», escribió en un posteo tras saber la noticia. «¿Qué decir? Lo primero: mi solidaridad con las víctimas y sus familiares. Los acompaño en la búsqueda de verdad y justicia. No hay manera de reparar el daño que mi padre ha causado y sigue causando. Sus crímenes, su falta de arrepentimiento y su silencio respecto del destino de los detenidos/as-desaparecidos/as y bebés nacidos en cautiverio son hechos imperdonables e imprescriptibles que ofenden la condición humana. Duele.»

Doctor K ha pasado 20 años preso. Ya estaba detenido cuando hace 15 recibió cadena perpetua. «¿Cumplió su condena? Esto es aún muy discutible en términos jurídicos. Debemos dar esa discusión pensando prioritariamente en las nuevas generaciones que integran las Fuerzas Armadas y de Seguridad», apuntó su hija. Y también: «No es poco el camino andado: fue juzgado y condenado en tribunales orales y públicos con todas las garantías constitucionales. Sus crímenes no quedaron impunes. La sociedad, sus hijas, nietos y nieta pudimos saber de sus crímenes. Cada quien gestiona estos hechos y el vínculo con el genocida como puede y como decide, pero no podemos ampararnos en la ignorancia».

Eduardo Kalinec no solo no ha tomado distancia alguna de su pasado. Lo reivindica. Desde hace unos meses es querellante en un juicio contra los guerrilleros que en 1976 atentaron contra la Superintendencia de Seguridad Federal de la Policía. Se lo da también como muy cercano a La Libertad Avanza, el partido del presidente Javier Milei. Años atrás, junto con sus otras tres hijas, todas funcionarias policiales, Doctor K le inició juicio a Analía para intentar desheredarla. Lo perdieron, pero la desobediente recuerda esa iniciativa como un «supremo momento de hipocresía que hablaba de la sensación de impunidad que todos ellos sentían cuando recurrieron a la figura jurídica de “indignidad” para enjuiciarme, solo porque yo había aborrecido la historia familiar». Hoy Analía escribe: «Es un indicador claro de dónde está parado mi padre: bien lejos del arrepentimiento y de poder reconocer sus crímenes. Alineado a grupos de poder progenocidas que reivindican y justifican los crímenes cometidos por parte del Estado. Grupos de poder integrados ampliamente por hijos e hijas obedientes de familias de genocidas».

El 25 de diciembre, Historias Desobedientes consideraba en un comunicado: «Liberar a un represor en estas condiciones no es un gesto de humanidad: es un mensaje de impunidad. Como colectivo integrado por familiares de genocidas, sabemos que la impunidad no es una abstracción jurídica. Tiene efectos concretos: revictimiza, reabre el terror, desestabiliza los procesos de memoria […]. Cada liberación injustificada reintroduce la idea de que el crimen extremo puede, finalmente, quedar sin sanción».

Según la Procuraduría de Crímenes contra la Humanidad de Argentina, 434 de las alrededor de 1.200 personas condenadas por esos delitos desde 2006 ya han recibido libertad condicional.

D.G.

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