Silencios e ironías - Semanario Brecha

Silencios e ironías

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El 27 de enero es el Día Internacional de Conmemoración del Holocausto.1 La Asamblea General de la ONU eligió esta fecha porque el 27 de enero de 1945 el Ejército Rojo liberó el campo de concentración de Auschwitz. En 2020, al celebrarse el 75.º aniversario de ese hecho histórico, el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, convocó a una controvertida reunión de líderes mundiales nada menos que en Jerusalén, lo cual despertó las críticas de no pocos judíos. José Schulman (director de la Liga Argentina de Derechos Humanos), criticando que el entonces presidente Alberto Fernández asistiera al encuentro, afirmó: «Para mí el Holocausto es una cuestión familiar y personal. […] no es en mi nombre que nuestro presidente viaja a convalidar el genocidio palestino por parte de Israel. Si quiere rendir homenaje a los que derrotaron a los nazis, que vaya a la plaza Roja de Moscú; no a una ciudad ocupada militarmente por un Estado terrorista. No cualquier homenaje es memoria; este es justificación del terrorismo de Estado sionista».

Y el periodista israelí Gideon Levy condenó la hipocresía de los líderes mundiales que acudieron a cerrar filas con Israel mientras daban la espalda al campo de concentración llamado Gaza, apenas a una hora de Jerusalén. En una columna que hoy suena profética, titulada «En el Día de Recordación del Holocausto, vayan a Gaza y griten “Nunca más”», Levy afirmó: «Es deplorable que [los visitantes] ignoren lo que las víctimas del Holocausto le están infligiendo a otra nación».

Por su parte, la ONG israelí Zochrot –que trabaja para concienciar a la sociedad israelí sobre la Nakba– recordaba a los líderes visitantes que Yad Vashem, el Museo del Holocausto, se construyó sobre una colina que antes se llamaba Hirbet El Hamame en árabe, y que el monte Hertzel, donde ahora se encuentra el Cementerio Nacional de Israel y donde están enterrados los dignatarios sionistas, se construyó sobre otra colina que se llamaba Jabal El Sharfa. Ambas pertenecían a comunidades palestinas que residían en la zona desde hacía generaciones hasta que fueron violentamente expulsadas por los invasores sionistas, y nunca se les permitió regresar. Zochrot también señalaba que desde el balcón de Yad Vashem todavía se pueden ver los restos de la aldea palestina de Deir Yassin, donde el 9 de abril de 1948 –solo tres años después de la liberación de Auschwitz– las milicias sionistas cometieron una de las peores masacres de la Nakba y, tras destruir la aldea, expulsaron a los sobrevivientes. Y preguntaba a los líderes mundiales si en su visita al museo también recordarían a esas víctimas palestinas.

Ya que estamos, es bueno recordar que, coincidiendo con ese aniversario de 2020, el gobierno saliente de Tabaré Vázquez adoptó la engañosa definición de antisemitismo de la Alianza Internacional para el Recuerdo del Holocausto (IHRA, por su sigla en inglés), que califica de antisemitas las críticas a las políticas israelíes (la misma que, en una resolución unánime y valiente, la Universidad de la República acaba de rechazar). Lo hizo en un contexto mundial en que Israel y los lobbies sionistas presionan a gobiernos e instituciones para que modifiquen sus leyes contra la discriminación adoptando dicha definición y, una vez logrado ese objetivo, presentan recursos de lawfare contra quienes critican a Israel y apoyan la causa palestina.2

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Este es el tercer año que la conmemoración tiene lugar con el trasfondo del genocidio que el régimen israelí sigue cometiendo en Gaza con total impunidad y con el apoyo y la participación directa de las potencias occidentales (especialmente Estados Unidos, Alemania y Reino Unido). Además de sus constantes violaciones al alto el fuego, el régimen israelí está cumpliendo meticulosamente con dos de los componentes de la Convención contra el Genocidio: someter intencionalmente a condiciones de vida que lleven a la destrucción física, total o parcial, de un grupo y tomar medidas para impedir los nacimientos en el seno de este. Eso es lo que Israel está haciendo no solo en Gaza, sino también en Cisjordania y Jerusalén con su campaña de limpieza étnica.

Pero el hecho de que este genocidio sea el primero de la historia transmitido en vivo no es obstáculo para que la maquinaria de propaganda israelí y sus lobbies sionistas en todo el mundo –Uruguay incluido–3 desplieguen su monumental operación discursiva, destinada no solo a reafirmar la exclusividad del sufrimiento judío durante el nazismo, sino –sobre todo– a convertir a los actuales victimarios en víctimas. La operación, además, busca convertir a los palestinos en los nazis de hoy que amenazan la existencia del pueblo de Israel en su Tierra Prometida.

El antisemitismo y el exterminio judío en Europa son el principal argumento utilizado por el sionismo para justificar tanto la creación del Estado de Israel como su opresión del pueblo palestino y su beligerancia en toda la región. En El Holocausto de Israel y la política de la nacionalidad, Idith Zertal afirma que «desde 1948 […] no ha habido ninguna guerra en Israel que no se haya percibido, definido y conceptualizado en términos del Holocausto». En cada guerra, Israel se imagina a sí mismo como la víctima colectiva del Holocausto que se enfrenta a la aniquilación, a pesar de que siempre ha detentado una gran superioridad militar.

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La instrumentalización del llamado Holocausto tiene una contracara menos conocida: la relación que existió entre el régimen nazi y el movimiento sionista. Más allá de las indudables similitudes ideológicas (el nacionalismo basado en la exclusividad étnicorracial y la expansión territorial mediante la fuerza militar), existió una colaboración efectiva entre ambos movimientos basada en un interés común: sacar a la población judía de Europa (en el caso del sionismo, para llevarla a colonizar Palestina). Aunque la historiografía sionista se ha esforzado por ocultar y reescribir esa historia, algunos intelectuales y militantes judíos antifascistas se han dedicado a investigarla y sacarla a la luz. Entre ellos se destacan, además de Finkelstein, el estadounidense Lenni Brenner4 y el británico Tony Greenstein.5

El extenso trabajo de Greenstein, profuso en detalles y fuentes bien documentadas, culminó en su libro de 2022: Zionism during the Holocaust. The Weaponisation of Memory in the Service of State and Nation. Con su habitual solidez documental, el autor prueba allí sus tesis principales:

– Durante los años 1930 y 1940, cuando la población judía sufría el avance del nazismo en Europa, el movimiento sionista estaba ocupado construyendo su proyecto de colonización en Palestina. En lugar de resistir al fascismo, los líderes sionistas negociaron acuerdos con los nazis que permitirían el exterminio de masas judías a cambio de trasladar a Palestina a quienes tenían recursos económicos o aptitudes productivas para construir la base material del futuro Estado judío. Para esa selección fue clave su papel dominante en los Consejos Judíos creados por los nazis para concentrar a la población judía en guetos y luego deportarla hacia los campos de exterminio; también entregaron información de inteligencia sobre la resistencia a cambio de facilidades para la emigración de su gente a Palestina.

– Así, mientras grupos judíos, sindicalistas y antifascistas lanzaban un boicot económico mundial contra la Alemania nazi, en 1933 la Organización Sionista Mundial negoció en secreto un acuerdo económico que permitía a los judíos más ricos liquidar sus propiedades en Alemania y recuperar parte del dinero en Palestina. Unas 60 mil personas judías alemanas emigraron a Palestina entre 1933 y 1939; cerca del 60 por ciento del capital invertido en la economía colonial en esos años procedía de la Alemania nazi.

– Greenstein cita a Ben-Gurión y otros dirigentes para mostrar que el sionismo no se preocupaba por salvar a las personas judías, sino por llevar adelante su proyecto colonial. Ya en 1933 Ben-Gurión explicó que, si existía «un conflicto de intereses entre salvar vidas judías individuales y el bien de la empresa sionista, diremos que la empresa es lo primero». En 1938 dijo al Comité Central del partido Mapai: «Si supiera que sería posible salvar a todos los niños de Alemania llevándolos a Inglaterra, y solo a la mitad de ellos transportándolos a Eretz Yisrael, optaría por la segunda alternativa. Porque debemos sopesar no solo la vida de estos niños, sino también la historia del pueblo de Israel».

– Los líderes sionistas también estaban preocupados por lo que sucedería con su proyecto colonial si el mundo colaboraba para rescatar y acoger a personas judías, y por eso se opusieron a ello. «Estamos poniendo en riesgo la propia existencia del sionismo si permitimos que el problema de los refugiados se separe del problema de Palestina», escribió Ben-Gurión en 1938. Y el mismo año: «Si los judíos [del mundo] se enfrentan a la disyuntiva entre rescatar a judíos de los campos de concentración, por un lado, y colaborar con el museo nacional de Palestina por otro, prevalecerá el sentido de compasión judía [y] el sionismo desaparecerá de la agenda». Por eso hacia el final de la guerra presionaron para que Estados Unidos y América Latina no acogieran población judía refugiada. Para ello Ben-Gurión no dudó en usar la carta del antisemitismo en sus cabildeos con Estados Unidos: «Si ustedes no desean una afluencia de inmigrantes judíos europeos, harían bien en apoyar la reivindicación sionista de Palestina».

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El escritor y activista israelí Miko Peled llama «secuestro de la historia judía» al uso cínico que hace Israel de la memoria del Holocausto para acallar las críticas a sus crímenes contra el pueblo palestino. Esa instrumentalización política y simbólica abarcó también a las personas sobrevivientes del genocidio que emigraron al flamante Estado judío (unas 250 mil), y entraña una doble ironía. Por un lado, los sionistas despreciaban a las masas judías que marcharon al exterminio como corderos al matadero, ya que su debilidad contradecía la imagen del hombre fuerte y victorioso que estaba construyendo el nuevo Estado judío, pero, a la vez –como demostró Finkelstein en el libro mencionado–, utilizaron a esos sobrevivientes para exigir agresivamente indemnizaciones millonarias a Alemania, los bancos suizos y otros culpables del genocidio y el despojo. Y, por otro lado, el Estado utilizó a su antojo esos millonarios cheques en blanco, mientras muchas víctimas del Holocausto vivían en condiciones de pobreza abyecta.

Afortunadamente, muchas personas sobrevivientes del genocidio judío han entendido la peor de las ironías: que el Estado que se justifica y lucra con la memoria del Holocausto lleve ocho décadas abocado al despojo y el exterminio del pueblo originario de la tierra en la cual se implantó. En todo el mundo, personas y colectivos judíos llevan años –y especialmente estos dos últimos– luchando junto con el pueblo palestino por su liberación, porque han comprendido que es la mejor manera de honrar la memoria de sus familiares y de los millones de víctimas del nazismo.

Como dijo el palestino Ali Abunimah (fundador del portal Electronic Intifada): «La lección que Israel quiere que saquemos del Holocausto es que tiene derecho a hacer impunemente lo que se le antoje al pueblo palestino en nombre de la protección de la comunidad judía. Pero la lección correcta que hay que aprender −y es más urgente que nunca− es que debemos unirnos contra el odio y la opresión racial y religiosa, sin importar quiénes sean sus víctimas».

  1. Muchas personas y organizaciones judías antisionistas prefieren llamarlo genocidio judío para desmarcarse de la instrumentalización que el sionismo ha hecho de ese hecho histórico aberrante. Consideran, además, que el término Holocausto sugiere una cierta excepcionalidad del sufrimiento judío por encima de cualquier otro; incluso de las otras víctimas de ese genocidio (o de otros). En su obra La industria del Holocausto. Reflexiones sobre la explotación del sufrimiento judío (2000), Norman Finkelstein (académico judeoestadounidense cuya madre y cuyo padre sobrevivieron a Auschwitz y otros campos de exterminio) llama holocausto al hecho histórico real y Holocausto a la representación ideológica elaborada por el sionismo. ↩︎
  2. En esta estrategia se inscribe el proyecto de ley presentado en 2025 por dos diputados colorados para modificar el Código Penal y castigar con prisión a quienes nieguen el Holocausto e incurran en expresiones o conductas consideradas antisemitas según la definición de la IHRA. La iniciativa fue rechazada por cerca de 40 organizaciones sociales. ↩︎
  3. El gobierno de Yamandú Orsi, que jamás respondió a las solicitudes de entrevista y de la cadena de radio y televisión (con motivo del segundo aniversario del genocidio de Gaza) por parte de la Coordinación por Palestina (como tampoco respondió a las cartas presentadas por esa organización, y por otras personas y colectivos), no dudó en otorgar la cadena nacional al Comité Central Israelita del Uruguay para dar su mensaje el 27 de enero. ↩︎
  4. Sus libros sobre el tema incluyen Sionismo y fascismo. El sionismo en la época de los dictadores (Bósforo, Madrid, 2010) y 51 documentos. Colaboración de los dirigentes sionistas con los nazis (Canaán, Buenos Aires, 2011). ↩︎
  5. Los autores también han investigado las relaciones del sionismo revisionista de Jabotinsky (ideólogo del actual partido Likud) con Mussolini y el fascismo italiano. ↩︎

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