Podríamos imaginar al canciller uruguayo en su escritorio del Ministerio de Relaciones Exteriores leyendo el despacho matinal de la embajada en Washington D. C.: «Nota periodística en The New York Times revela tratativas reservadas con el gobierno estadounidense». Como diplomático experimentado, sabe que perder ese carácter reservado reduce mucho el margen de maniobra. No está claro aún si la nota contiene información certera, exageraciones amarillistas o filtraciones interesadas, pero le provoca inquietud. Crispado por la revelación, aprieta el entrecejo, los labios y la mandíbula. Deja la carta sobre la mesa, gira su silla y alza la vista a través de la ventana de su oficina en el Ministerio de Relaciones Exteriores. Entonces, mirando el cielo y la lejanía, piensa.
Piensa en los tiempos inciertos que vive el mundo, con un sistema internacional atravesado por crisis, conflictos y guerras. Piensa en los estériles esfuerzos por consolidar el multilateralismo, de los que durante años participó activamente. Piensa en la responsabilidad de consolidar para el país una posición favorable, en un orden mundial que se despedaza. Piensa también en las presiones que recibe desde Estados Unidos, embarcado en un proceso de reconfiguración del sistema de dominación hemisférico que refuerza el unilateralismo de la doctrina Monroe, tras más de una década de buena vecindad. Y piensa en la subregión, Brasil y Argentina, sus gobiernos, sus alianzas y sus recelos recíprocos; también en la subordinación y resistencia de uno y otro frente a la gran potencia.
Piensa en la política exterior como la principal herramienta con la que cuenta el país para afrontar el cambio de ciclo del sistema internacional. ¿Qué apoyos y recursos del exterior serán necesarios para superar el estancamiento económico? ¿Con ellos el gobierno podría regenerar la confianza popular en un modelo de país que su partido defiende, pero cuya viabilidad amenaza agotarse?
Tal vez todo esto haya pasado por la cabeza del canciller Alberto Guani la mañana de 1940 en la queThe New York Times informó que el gobierno de Alfredo Baldomir mantenía tratativas secretas con Estados Unidos para la instalación de bases militares en la costa uruguaya.1 Poco después tendría lugar la interpelación del senador Eduardo Víctor Haedo.
No sabemos si en la época Guani se quejó de que la prensa yanqui marcara el ritmo de la discusión política uruguaya, pero lo cierto es que el episodio inauguró uno de los debates más importantes de las relaciones internacionales del Uruguay moderno, tal vez junto con la adhesión al Mercosur.
Las bases representaban un resguardo ante eventuales amenazas nazis, pero sobre todo frente a Argentina, que periódicamente retomaba la doctrina Zeballos de un Uruguay de costas secas. Para Estados Unidos, las bases suponían una posición geopolítica privilegiada desde donde reforzar las exigencias de alineamiento panamericano y vigilar los nacionalismos que florecían en la cuenca del Plata. Por supuesto, el tema también articulaba con la disputa política doméstica entre herreristas y batllistas, neutralistas y aliadófilos. Las presiones eran fuertes y múltiples, los intereses y las convicciones, también.
El episodio sustenta la única referencia a Uruguay en los anales de la geopolítica clásica: Nicholas Spykman lamenta que Uruguay acabara privando a los marines de esta notable ubicación.2 Desde estas latitudes, el nacionalismo y el revisionismo histórico dirán que, al rechazar la propuesta, Uruguay abandonó su destino de cuña del imperialismo, para adherir 20 años después al giro integracionista de la región. Sin dudas, se trata de un hito relevante para las tradiciones nacionales e ideológico-partidarias de política exterior; las mismas tradiciones que una nueva publicación de The New York Times vuelven a poner en tensión con la acción gubernamental.3
Hoy Estados Unidos ya no propone instalar bases militares en las costas orientales, sino un acuerdo con Argentina para el patrullaje conjunto del Atlántico Sur, pero no sabemos que haya provocado inquietud al gobierno el eventual uso de bases en el Río de la Plata. Tampoco la provocan los ataques a lanchas supuestamente ligadas al narcotráfico en el Caribe («mientras que no se recurra a armamento atómico», dijo el presidente Yamandú Orsi4). El debate que se prefiere fomentar pasa más por acoplarse a las políticas de la ultraderecha: estudiar la política de seguridad de Nayib Bukele o mantener el acuerdo para establecer una oficina gubernamental en Jerusalén. Entonces, como hoy, Estados Unidos apuesta a la figura del «enemigo interno» para influir en la política doméstica de los países latinoamericanos y sus ejércitos; entonces eran los nazis, poco después el comunismo o la sedición, hoy el narcoterrorismo o el «terrorismo de izquierda radical», recientemente resurrecto en un acto de fe del que participamos como inadvertidos creyentes que juraban ateísmo.
En la posguerra hubo quienes –patricios y plebeyos– vieron en la resistencia a Estados Unidos una oportunidad para volver a equilibrar las relaciones de poder en el continente y construir autonomía regional, como hoy buscan México y Brasil, pero también quienes vieron en el realineamiento una oportunidad de dar sobrevida al agotado modelo batllista insular. En una línea similar, hoy hay quienes gustarían aprovechar la presidencia uruguaya de organismos regionales –construidos bajo aquella autonomía– para plantear la preocupación por el comercio de armas, y no solo por el tráfico de drogas; pero, al igual que Estados Unidos, el gobierno solo menciona la proliferación cuando se perfila algún ataque a Irán,5 mientras saluda con honores a los portaaviones nucleares en el Atlántico Sur. A este repaso sumario y no exhaustivo de sorprendentes posturas internacionales cabe sumar, por supuesto, el genocidio en Gaza que, como señala Agustín Canzani, fue una de las mayores fuentes de socavamiento del apoyo popular en el primer año de gobierno.6
En 1940, como hoy, habrán surgido dudas acerca de cómo calibrar las presiones externas y sopesarlas con intereses y convicciones propias, fórmula en la que siempre está el riesgo de usar el último término de la ecuación como variable de ajuste.
- «Uruguayans agree to allow US bases», The New York Times, 9-XI-1940. ↩︎
- Nicholas Spykman, Estados Unidos frente al mundo. Ciudad de México, Fondo de Cultura Económica, 1944. ↩︎
- «As Trump Squeezes Cuba, He Plans to Send Cuban Deportees to Uruguay», The New York Times, 29-VII-26. ↩︎
- Disponible en la cuenta de X del periodista Leo Sarro. ↩︎
- Diego Hernández Nilson, «¿Cínicos o desinformados?», Brecha, 27-VI-25. ↩︎
- Agustín Canzani, «El vaso medio lleno: la nueva gestión de la izquierda uruguaya», Nueva Sociedad, núm. 320, 2025. ↩︎







