Discretamente, el sábado 2 de mayo en la mañana, una significativa delegación del gobierno, encabezada por el presidente Yamandú Orsi, junto con el embajador de Estados Unidos, Lou Rinaldi, voló desde el aeropuerto de Carrasco hasta el portaaviones de propulsión nuclear USS Nimitz (CVN-68), que navegaba frente a las costas uruguayas.
El servicio de prensa de la Presidencia de la República no reportó la actividad. Similar discreción observó el portal de la embajada de Estados Unidos en Montevideo. Allí también se prefirió obviar el asunto. El Comando Sur, en cambio, compartió la foto del presidente en cubierta.
Los dos aviones Grumman C-2 Greyhound, que aterrizaron y decolaron el sábado de mañana de la Base Aérea 1 de Carrasco con la comitiva oficial, no son plataformas de combate, sino bimotores de carga, utilizados por los portaaviones estadounidenses para lo que en la jerga se denomina transporte de entrega a bordo.
La operación, sin venia parlamentaria (aspecto por el que reclamaron tanto representantes del Partido Nacional como el PIT-CNT), tiene antecedentes. Periódicamente, desde hace décadas, grandes aviones cargueros militares de Estados Unidos aterrizan, en general de madrugada, en el aeropuerto de Carrasco. El material desembarca de la aeronave, es declarado, ingresa al país bajo rótulo diplomático y no es inspeccionado por las autoridades aduaneras. Vehículos de la embajada, al pie del carguero militar, se encargan de la operación. A nadie se le ha ocurrido solicitar venia parlamentaria para la enigmática práctica.
El segundo antecedente es la visita del presidente Jorge Batlle al portaaviones USS Ronald Reagan (CVN-76), el 16 de junio de 2004. Aquella vez, el presidente viajó en un helicóptero estadounidense y fue acompañado por el secretario de la Presidencia, Raúl Lago. Su anfitrión fue el entonces embajador de Estados Unidos en Uruguay, Martin J. Silverstein. La prensa de la época no da cuenta de ningún reclamo referido a la venia parlamentaria.
¿Qué hace el portaaviones en la Zona de Paz y Cooperación del Atlántico Sur?
En su periplo de circunnavegación de América del Sur, el USS Nimitz cumple formalmente con el Southern Seas Deployment 2026 (Despliegue Mares del Sur 2026). Un ejercicio anual desde 2007.
El USS Nimitz integra el Grupo de Combate de Portaaviones 11, compuesto por el ala aérea CVW-17 y el destructor misilístico, clase Arleigh-Burke, USS Gridley (DDG-101). Por lo general, todas estas unidades son parte de la Séptima Flota de Estados Unidos del océano Pacífico.
Conviene precisar que el USS Nimitz, más allá de su tamaño, de su poder de fuego, de la parafernalia de aviones que transporta y de embarcaciones que lo escoltan, no es más que un enorme desecho bélico que, en una especie de largo cortejo fúnebre, navega con destino a su desguace final. El canal de Panamá no admite un buque de su porte y, por ello, debe atravesar el estrecho de Magallanes para llegar a la costa atlántica de Estados Unidos.
En efecto, los objetivos proclamados por el contraalmirante Carlos Sardiello, comandante de la Cuarta Flota y de las Fuerzas Navales de Estados Unidos en el sur, para justificar el Despliegue Mares del Sur 2026 del USS Nimitz solo encubren el obligado periplo póstumo del viejo gigante desde su base en Kitsap, Bremerton, en el norte de la costa estadounidense del Pacífico, hasta Norfolk, Virginia, en la costa atlántica. Allí terminarán sus 51 años de servicio, luego de esperar hasta que el portaaviones USS John F. Kennedy (CVN-79) entre en servicio con notorio retraso.
Una vez presentada la aparición frente a nuestras costas del ya vetusto representante de la potencia que ha proclamado su voluntad de dominio excluyente sobre nuestros territorios y sus riquezas, debe ser comentada la infeliz decisión del presidente Orsi de concurrir a rendir pleitesía al comandante del portaaviones USS Nimitz.
Decisión políticamente inconveniente y contraria a cualquier protocolo
No es necesario abundar en argumentos. La inconveniente presencia de nuestro presidente en el portaaviones coincidió con nuevas declaraciones amenazantes del presidente estadounidense, Donald Trump, contra Cuba, y fue seguida por dos nuevos ataques contra embarcaciones que el Comando Sur definió como pertenecientes a «organizaciones designadas como terroristas». El lunes 4 y el martes 5 de mayo, un total de cinco personas no identificadas fueron ejecutadas por esas sospechas, tres en el Pacífico y dos en el Caribe. Todo ello en el marco de la denominada Operación Lanza del Sur, iniciada en noviembre de 2025 y que ya supera los 190 asesinatos extrajudiciales.
El buque visitado por Orsi navega por aguas del Atlántico Sur ignorando que Naciones Unidas la definió en 1986 como Zona de Paz y Cooperación del Atlántico Sur. Mientras, el gobierno estadounidense desquicia el sistema mundial de comercio, interviene militarmente en naciones de la región, declara guerras insensatas que, además de costar miles de muertos inocentes, desencadenan inflación y hambrunas en el mundo. Todo para, se supone, engrandecer a Estados Unidos, cuando, en realidad, solo enriquece al complejo industrial-militar, a las grandes empresas energéticas y a los magnates de Silicon Valley.
Pero, además, la decisión del presidente uruguayo infringe todas las reglas del protocolo diplomático. La máxima autoridad de un país soberano no tiene ninguna necesidad protocolar de entrevistarse con militar extranjero alguno, por más poderoso que sea su país. La obligación protocolar solo puede esgrimirse como argumento en relación con un jefe de Estado o de gobierno.
En todo caso, si el contraalmirante Cassidy Norman pretendía saludar al presidente de la república, debía solicitarlo y luego abordar uno de los bimotores Grumman C-2 Greyhound bajo su mando para trasladarse a Montevideo. Ello siempre y cuando Orsi hubiera tenido la gentileza de recibirlo. En realidad, el protocolo indica que el presidente debería delegar el asunto en algún oficial superior de la Armada.
La decisión de que el presidente de una república soberana se traslade para saludar a un militar extranjero es inapropiada protocolarmente e indigna políticamente. Más aún si ello implica desplazarse hasta la cubierta de una embarcación a rendir pleitesía a un contraalmirante que, si bien comanda un viejo paquidermo marino, solo ostenta una estrella en su uniforme. Recordemos que un general de máximo rango ostenta cinco estrellas.
Como dato anecdótico vale señalar que, hace unos años, las jerarquías de las Fuerzas Armadas uruguayas presionaron –y lograron– que los comandantes en jefe ostenten cinco estrellas en su uniforme. La justificación era simple. Deseaban homologarse con sus pares extranjeros y evitar quedar en inferioridad de condiciones en su relación con ellos.
Es triste admitirlo. Al aceptar trasladarse al portaaviones para saludar a su comandante, nuestro presidente cometió un muy grave error. En una conferencia hace unos días, el académico español José Antonio Sanahuja caracterizó al presidente argentino, Javier Milei, como «vasallo feliz» del imperio. El desgraciado gesto de nuestro presidente arriesga acercar a Uruguay a esa indigna categoría.










