No hay tecnología que pueda contra la sencilla perfección del AK. El fusil más icónico del mundo es apenas un puñado de piezas dentro de un cajón de mecanismos, un cañón y un cargador. Sobran cinco minutos para dominar su uso y aprender a desarmarlo y a hacerle reparaciones menores. En las manos correctas puede convertirse casi en el arma de infantería perfecta, virtualmente indestructible y efectiva incluso en las peores condiciones. Tampoco hay cómo interferir un lanzacohetes RPG-7, que, en esencia, no es más que un tubo de acero con disparador y un cohete de carga explosiva. De su efectividad tomaron nota, por las malas, los chicos de la Delta Force cuando, en setiembre de 1993, perdieron dos helicópteros por sendos cohetazos lanzados desde una azotea de Mogadiscio. Más recientemente, e...
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