Cuenta la leyenda que, a fines del siglo XIX, cuando Punta Ballena era un acantilado rocoso desconocido por los fernandinos y sin valor aparente frente al Río de la Plata, el visionario empresario marítimo Antonio Lussich posó sus ojos sobre ella. Dicen que la compra de ese predio en la costa uruguaya fue una maniobra de astucia de quien también sería reconocido por su obra en el arboretum que lleva su apellido. En un almuerzo con amigos –entre ellos figuras de la época, como el pionero de Punta del Este, Pedro Risso, y el dramaturgo Samuel Blixen–, al enterarse de que el terreno estaba en venta, Lussich fingió desinterés para no avivar a posibles competidores. Dijo, incluso, que no daría «ni un céntimo por todo eso». Días después volvió a Montevideo y cerró la compra: se quedó con el pred...
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