Contra el antisemitismo y toda forma de discriminación - Semanario Brecha
La perniciosa transformación de los conceptos al tildar de «antisemita» a quienes cuestionan a Israel

Contra el antisemitismo y toda forma de discriminación

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En los últimos tiempos se desplegó una ofensiva para combatir el «aumento del antisemitismo»: se creó un grupo de trabajo en la Institución Nacional de Derechos Humanos y Defensoría del Pueblo, se propuso crear otro en la Cámara de Senadores, se hizo un encuentro parlamentario en torno al tema, apareció una propuesta de ley para reprimirlo. Todas estas acciones, articuladas, buscan perseguir cualquier expresión crítica hacia Israel o solidaria con el pueblo palestino. Hay que luchar contra estos intentos liberticidas. A la vez, hay que tener cuidado, pues estas acciones pueden producir el efecto contrario: aumentar el antisemitismo.

El antisemitismo se refiere a la discriminación, hostilidad, prejuicio y odio hacia los judíos, según una combinación de prejuicios de tipo religioso, racial, cultural y étnico. Dado que los judíos no son los únicos semitas (los árabes también lo son, entre otros), sería más preciso hablar de judeofobia, pero admitamos acá esa definición.

Hace años que el antisemitismo existe en nuestras sociedades. Pensemos en el uso de la palabra judiar en nuestro país, entre otras manifestaciones naturalizadas. Es inaceptable que alguien sea destratado o agredido por ser judío, pero, para saber si este fenómeno ha aumentado, sería preciso conocer qué definición de antisemitismo emplean las encuestas que lo miden. Muchas instituciones, en particular muchas de las que representan a la comunidad judía, utilizan una definición que considera antisemitas no solo actos que sin duda lo son, sino también las críticas a la actuación de Israel o el hecho de enarbolar una bandera palestina.

Es patente que la condena a las acciones de Israel ha aumentado de manera considerable, y eso significa que la humanidad no es insensible al sufrimiento humano. Aún somos capaces de condenar las injusticias más básicas. En los últimos dos años y medio en Gaza, Israel se ha dedicado al asesinato sistemático de niños (más de 20 mil), personal de salud (más de 1.150) y periodistas (más de 150) y ha destruido casi todas las instituciones educativas, hospitales y viviendas, como lo ha documentado Francesca Albanese, relatora especial sobre la situación de los derechos humanos en el territorio palestino.

El vandalismo se ha profundizado en los territorios ocupados de Cisjordania y los pogromos son cotidianos. Hordas de colonos aterrorizan, roban y asesinan a ciudadanos palestinos. Asistimos a una ofensiva deliberada para expulsar a la población palestina y apropiarse de sus tierras. E Israel no se ha limitado a Palestina: ha ocupado porciones de Siria, ha atacado a Irán y al Líbano. Israel se comporta como un matón prepotente que no respeta ninguna regla internacional. La impunidad con la que actúa provoca un rechazo que lo ha convertido en un Estado paria para la mayoría de la humanidad.

En ese contexto, Israel y organizaciones como el Comité Central Israelita del Uruguay intentan convencernos de que criticar a Israel equivale a ser antisemita. Uno de los instrumentos para ello es la International Holocaust Remembrance Alliance (IHRA), organización intergubernamental que impulsa una definición que asimila la crítica a las acciones de Israel con el antisemitismo. En Estados Unidos, Alemania y otros países, esa definición se utiliza para promover leyes que criminalizan la protesta contra las acciones de Israel o la solidaridad con el pueblo palestino. Es un error conceptual: Israel, como cualquier país, está sujeto a críticas legítimas. Sus acciones son criticadas por ser criminales, no por haber sido cometidas por un Estado que se autodenomina judío.

En diciembre de 2025, el Consejo Directivo Central de la Universidad de la República resolvió «solicitar al gobierno uruguayo que la definición de antisemitismo propuesta por la IHRA y sus interpretaciones no sea utilizada de manera oficial y evalúe el retiro del país de este espacio institucional». La universidad señalaba el peligro que dicha definición representa para la libertad de expresión. Este peligro sería mayor si se usara en los juzgados para interpretar la ley, como hoy sugieren algunos parlamentarios.

Pero el discurso de Israel y la definición de la IHRA no son solo un peligro para la libertad de expresión, también son una poderosa fuerza impulsora del antisemitismo. Al igualar el antisionismo o la crítica a Israel con el antisemitismo, se asocia a todos los judíos con las acciones racistas y supremacistas de una ideología y con las acciones concretas de un Estado. Los miles de judías y judíos que en el mundo gritan «No en mi nombre» y los que dentro de Israel protestan con valentía son quienes están salvando al judaísmo del hundimiento moral al que lo arrastra la asimilación interesada con el sionismo.

El antisemitismo es una forma particular del racismo. Y muchos grupos humanos han sido víctimas de esas prácticas; por mencionar solo dos ejemplos, los afrodescendientes y los pueblos originarios. Ambos sufren el horror desde hace cientos de años. Millones de personas han sufrido la indignidad o la muerte a causa del racismo omnipresente en nuestras sociedades. ¿Por qué se pide un tratamiento especial para el antisemitismo? Ese es otro factor poderoso que promueve ese flagelo. Israel viola todas las leyes, hace lo que quiere y no rinde cuentas a nadie, la impunidad con la que actúa es notoria. ¿Por qué se le permite? Lo significativo acá es el tratamiento diferencial.

Vivimos tiempos turbulentos. El orden internacional de la posguerra es destruido y sustituido por el lenguaje de la fuerza bruta. Por todos lados avanzan regímenes reaccionarios o directamente neofascistas. Y este cambio de época se percibe en el uso del lenguaje. Si aceptamos que el sentido de las palabras se pervierta, no seremos capaces de entender un mundo cada vez más caótico.

Los judíos fueron víctimas de un genocidio atroz. Hoy, el gobierno de Israel, que se erige de forma unilateral como representante del pueblo judío, actúa como victimario del pueblo palestino. Israel es uno de los líderes de la ultraderecha mundial y sus acciones son un modelo para otras represiones. En ese contexto, igualar la lucha contra el antisemitismo con la defensa de Israel trastoca las bases mismas del significado que esa palabra tuvo al finalizar la Segunda Guerra Mundial. En esos tiempos, la lucha contra el antisemitismo estaba íntimamente asociada al humanismo y a la lucha contra el fascismo. Estaba asociada al horror del holocausto cuando el pueblo judío era la víctima.

En realidad, identificar las críticas a Israel con el antisemitismo forma parte de una ofensiva contra la libertad, el humanismo, la izquierda y la lucha por un mundo mejor para todos. La Declaración Universal de los Derechos Humanos dice: «Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros». La criminalización del supuesto «antisemitismo» podría llevar a considerar como tal exigir que la vida de un niño palestino sea tan valiosa como la de un israelí. Israel aplica desde hace años (sea cual sea el gobierno) una política según la cual la vida de un israelí vale más que la de diez o 100 palestinos.

La transformación de los conceptos es perniciosa. Impidamos que una idea noble y necesaria como la lucha contra el antisemitismo nos lleve, por los caminos torcidos del significado, a la defensa de Israel y, con ello, a la complicidad con el neofascismo. Para combatir el antisemitismo, realidad deleznable y peligrosa, hay que castigar toda forma de discriminación, sea cual sea, de acuerdo a las leyes existentes. Es fundamental educar a nuestros jóvenes en el humanismo, en el valor de la solidaridad y en los principios de los derechos humanos. A la vez, si queremos de verdad combatirlo, hay que condenar las acciones de Israel y no asimilar el antisionismo ni la crítica de Israel al antisemitismo. Hay que evitar esa confusión interesada. Ello implica no utilizar la definición propuesta por el IHRA. Si la utilizáramos, estaríamos, en la práctica, promoviendo el antisemitismo.

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