Este texto recupera reflexiones surgidas en el conversatorio «Otra voz habla. Teatro para la convivencia», desarrollado el 16 de julio en el Liceo 35 Instituto Alfredo Vásquez Acevedo (IAVA) y organizado por la Dirección de Derechos Humanos de la ANEP (Administración Nacional de Educación Pública). El encuentro versó sobre transformaciones de las violencias, los vínculos pedagógicos, la autoridad y la convivencia en las instituciones educativas. Lo que sigue expresa mi mirada sobre el rol del teatro en la convivencia escolar y se nutre de la experiencia cocreadora con estudiantes y docentes; no pretende agotar el tema, sino aportar una lectura crítica desde la práctica.
Ese día, el telón se abrió de un modo distinto para Edipo, Antígona, Medea y Lisístrata.1 En el salón de actos del IAVA, lo que se representó no fue una Grecia idealizada, sino un guion cocreado en un liceo de Montevideo hace ya casi una década:2 un liceo que olía a libro viejo, a pan recalentado y a sudor de recreo. En el escenario no había columnas marmóreas, sino bancos rayados, carteles de exámenes y un pasillo en el que se entrecruzaban miradas cansadas y urgencias que nadie había anotado en la planilla. En ese espacio cotidiano, cuatro figuras clásicas aterrizaron sin máscaras académicas; vinieron con mochilas, celulares y papeles que hablaban de trámites y deseos elementales. Edipo tropezó contra su nombre en la puerta del aula, Antígona discutió con un reglamento que la obligaba a callar la memoria, Medea miró la indiferencia como una herida que hería a su vez, Lisístrata organizó silencios y protestas para detener una violencia que nadie quiso nombrar.
La pieza nacida en los talleres dramatúrgicos del liceo no buscó reproducir la tragedia antigua, la utilizó para devolver al presente lo que la escuela a menudo intenta expulsar: la historia corporal del dolor, la narración de las humillaciones y la exigencia de una reparación pública. Los personajes funcionaron como lentes, como archivos que permitieron leer el sufrimiento estudiantil en clave política y no solo clínica.
El proceso de creación de la obra madre –la que produjeron en 2018 talleristas, investigadores y estudiantes– fue deliberadamente lento y cuidadoso. Durante un año lectivo, el tallerista y el investigador trabajaron junto con estudiantes en ejercicios de improvisación, en la escritura dramatizada de testimonios y en la puesta en escena dialogante que toma del teatro del oprimido (la idea de que la representación puede convertirse en intervención). No se trató de dramatizar para el efecto, sino de transformar relatos vividos en palabras y cuerpos que pudieran decir algo frente a la comunidad escolar.
Se buscó una experiencia abierta que convocara a familias, docentes y autoridades a ver lo que a menudo se mira de reojo. En sus dos versiones –2018 y 2026–, Edipo no fue el rey de Tebas, sino el joven que se sintió atrapado por un nombre impuesto y por rumores que se volvieron condena. Antígona reclamó memoria y chocó contra reglamentos que privilegiaron la disciplina sobre la justicia. Medea vivió la expulsión simbólica: microagresiones, invisibilidad afectiva y marginalización. Lisístrata encarnó la estrategia de la negación colectiva que pone en evidencia reivindicaciones ignoradas, que transforma la queja dispersa en una demanda visible.
Que el teatro pueda intervenir no significa que sustituya las medidas de protección. La prioridad inmediata es siempre cuidar: activar protocolos que garanticen la seguridad, la atención psicológica y la derivación a servicios sociales. Pero el teatro abre, además, una segunda vía: la de la transformación institucional. Cuando una representación pública muestra la evidencia del hambre, por ejemplo, la indignación deja de ser un dato clínico para convertirse en presión política. La cantina vacía, llevada a escena, deja de ser una anécdota: se vuelve un argumento visible que exige soluciones concretas. En ese sentido, el arte no es un gesto simbólico ajeno a la política, es una herramienta de incidencia que preserva la singularidad del dolor y, al hacerlo, reclama la modificación de políticas materiales: mejores comedores, horarios compatibles con trabajos juveniles, articulación con servicios sociales.
Se propone una pedagogía de la presencia, que recupere el cuerpo y la voz como fuentes de conocimiento, que entienda que el sufrimiento se inscribe en gestos, en posturas, en silencios, que no siempre se captan con cuestionarios. Una pedagogía que prioriza la coconstrucción de normas, pues las reglas que se imponen desde arriba resultan ilegítimas cuando no explicitan su sentido y su razón; las normas cocreadas, en cambio, favorecen la apropiación y reducen los incentivos a la desobediencia. Favorece así la reparación antes que la exclusión, porque la sanción que reúne a afectados y afectantes en un procedimiento restaurativo tiene más probabilidad de modificar relaciones que la expulsión, que apenas deja una mancha administrativa. Y plantea la polifonía como principio, propone dar voz a quienes han sido marginados, escuchar relatos disonantes y permitir que la escuela sea un foro donde se negocien memorias y responsabilidades.
El teatro-foro, aliado a la mediación dramática, se ofrece como un dispositivo operativo. Las escenas problemáticas se montan, se interrumpen y el público hasta puede proponer alternativas; por ese mecanismo, se ensaya la resolución de conflictos, se practican reparaciones simbólicas y se construyen acuerdos. Las microperformances en pasillos obligan a escuchar en el lugar donde se reproducen las humillaciones; las jornadas de memoria reponen relatos que la rutina invisibiliza; los talleres de autorreconocimiento permiten a los jóvenes explorar identidades y opciones vocacionales sin que el peso del diagnóstico los condene.
Nada de esto está exento de riesgos. El uso indiscriminado del teatro puede reproducir el efecto contrario: instrumentalizar testimonios para una estética de la denuncia que no genera cambios reales, o revictimizar a quienes ya cargan el duelo. Para evitar esos peligros, hacen falta protocolos éticos rigurosos, coordinación con servicios sociales y compromisos institucionales concretos que acompañen la escena con políticas materiales. El arte puede abrir la puerta, pero la institución debe estar dispuesta a entrar y a transformar sus prácticas. Esa transformación exige, además, indicadores que permitan evaluar y sostener los procesos. No bastan las ovaciones del estreno, hace falta registrar reducciones en sanciones, aumentos en la participación y cambios en el clima escolar.
La presencia singular de cuerpos jóvenes actuando sus dolores produce también una autenticidad que desborda los formatos administrativos. Esa aura obliga a los espectadores –docentes, familias, autoridades– a no desentenderse. La experiencia es, entonces, doblemente política, dado que enseña formas de ciudadanía –negociación, reparación, memoria– y exige que la escuela reconozca su responsabilidad en la producción del sufrimiento. Educar no es anular el conflicto, sino aprender a tramitarlo en colectivo. Invitar a Edipo, Antígona, Medea y Lisístrata a cruzar el umbral del liceo es una metáfora que funciona como testigo y como herramienta, que testimonia dolores, dota de lenguaje a quienes fueron silenciados y habilita procedimientos de transformación.
No se trata de un taller más en el calendario escolar, se trata de una apuesta por recuperar la prioridad de la pedagogía frente a la lógica de la sospecha, por convertir la escuela en un laboratorio de democracia donde las normas se negocien, las heridas se reparen y el hambre de convivencia encuentre, por fin, alimento.
(Nilia Viscardi. Socióloga, docente e investigadora en la Universidad de la República y actual directora de Derechos Humanos de la Administración Nacional de Educación Pública)
- Soy yo quien introduce las metáforas de Edipo, Antígona, Medea y Lisístrata –que no estaban en la presentación artística realizada por Natalia Castello– para nombrar y leer lo acontecido en aquella representación. Aunque provienen de géneros distintos, los personajes funcionan como arquetipos útiles para interpretar identidades heridas, memorias silenciadas, respuestas agonísticas y formas de protesta colectiva. ↩︎
- Nilia Viscardi, Verónica Habiaga, Leonel Rivero, «Dramatización de la experiencia escolar: convivencia e investigación». En La burocracia del castigo. El conflicto y sus respuestas en la enseñanza media en Uruguay. Montevideo, Sujetos, 2023. ↩︎







