Una tarde de verano, cuando era niño, fui a los bañados de Carrasco a buscar algas y plantas acuáticas para el acuario que tenía en casa. Entre el agua y los juncos apareció ante mí un federal (Amblyramphus holosericeus) en pleno despliegue de alerta. Era la primera vez que veía uno en libertad. Meses después volví y ya no estaba. Con los años, conocí y estudié otros humedales y me maravillé con la biodiversidad que albergan estos ecosistemas. Cualquiera que se haya interesado por la vida silvestre podría contar una anécdota similar. Hoy, la mía, suena más a advertencia que a recuerdo. En los bañados de Carrasco los federales ya no están y, si no se toman medidas efectivas, en poco tiempo tampoco quedará el agua y la vegetación que los sostenía.
Los bañados de Carrasco son un humedal de entre 1.100 y 1.300 hectáreas1 que se extiende entre Montevideo y Canelones, atravesado por los arroyos Toledo y Manga, y varias cañadas afluentes. Es uno de los últimos grandes reservorios de agua y vida que rodean el área metropolitana, dentro de una cuenca de unas 20.500 hectáreas de la que dependen, directa o indirectamente, más de 256 mil personas.2
Desde 2025, la empresa Bislun SAS impulsa un proyecto inmobiliario que, según su informe técnico más reciente –de octubre de 2025–, ocupa 228 hectáreas sobre el borde occidental del bañado, entre la avenida Punta de Rieles y Camino Dionisios: el doble de la superficie de Ciudad Vieja.
Es un emprendimiento de gran escala; una inversión estimada en 1.248 millones de dólares a 15 años, con cerca de 3 mil viviendas entre edificios bajos, casas agrupadas y chacras, a las que se suman comercios, un centro cultural, un centro cívico, un colegio, una iglesia y un observatorio que ocuparán el 55 por ciento del predio. El resto se presenta como espacios comunes, lagunas y un «parque lineal» que separaría el barrio del humedal (El Observador, 30-VI-26).
La empresa proyecta, además, una recaudación fiscal de decenas de millones de dólares y más de mil empleos directos durante la obra: cifras que pesan en el debate público, pero que no deberían anteponerse a la evaluación ambiental. El barrio no sería cerrado –Montevideo no los habilita–, pero eso no modifica la escala de su huella sobre un ecosistema frágil.
El trámite ya está en la junta departamental de la capital, que debe decidir primero si declara de interés para el departamento el cambio de categoría del suelo –de rural natural a urbano o suburbano– y recién después si habilita los estudios ambientales y urbanísticos completos.
Vecinos, académicos del Programa Integral Metropolitano (PIM) de la Universidad de la República (Udelar) y organizaciones sociales vienen advirtiendo que el proceso avanza sin esos estudios y sin instancias reales de participación ciudadana.
Y el reclamo más urgente es que ningún cambio de categoría de suelo, ninguna autorización, se apruebe antes de que existan estudios de impacto ambiental completos que evalúen no solo el predio a urbanizar, sino la cuenca entera del arroyo Carrasco. Evaluar 228 hectáreas de forma aislada, cuando el sistema hídrico que las sostiene abarca miles de hectáreas más, es una simplificación que el humedal no puede permitirse.
COMPROMISOS QUE URUGUAY YA ASUMIÓ
Los bañados de Carrasco no integran la lista de sitios Ramsar, pero eso no exime al país de sus obligaciones. La Convención Ramsar sobre los Humedales entró en vigor para Uruguay en 1984, además, es parte de la Convención sobre la Conservación de las Especies Migratorias (CMS, por sus siglas en inglés, o Convenio de Bonn) y de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático. Y hay una omisión reciente que pesa: en noviembre de 2025, el Ministerio de Ambiente aprobó, por decreto, un listado de humedales de importancia ambiental para el país. Los bañados de Carrasco habían sido incluidos en las audiencias públicas previas, pero quedaron fuera del listado final sin que se haya explicado oficialmente por qué (véase «El descarte», Brecha, 10-VII-26).
Adicionalmente, en 2022 Uruguay también aprobó el Marco Mundial de Biodiversidad de Kunming-Montreal, que fija como meta para 2030 restaurar al menos el 30 por ciento de los ecosistemas degradados del planeta y conservar al menos el 30 por ciento de sus tierras y aguas.
Ninguno de esos compromisos exige que un humedal tenga un sello internacional para merecer protección: alcanzan a todos los humedales del país, sean o no sitios designados.
Cabe mencionar, además, que no es solo una cuestión de biodiversidad. Los humedales sanos mejoran la productividad agrícola, sostienen la pesca, ofrecen oportunidades de ecoturismo y son parte del patrimonio y los modos de vida de las comunidades que los rodean.3 Cuidarlos no es solo una obligación ambiental: es también una apuesta económica y social de largo plazo.
CONECTIVIDAD ECOLÓGICA, NO ISLAS VERDES
La CMS define la conectividad ecológica como el desplazamiento sin obstáculos de las especies y la conexión de los hábitats sin impedimentos. No es un concepto abstracto: es lo que permite que una especie migratoria encuentre alimento y refugio en cada etapa de su recorrido, y lo que sostiene funciones tan concretas como la hidrología de una cuenca, el ciclo de nutrientes o la dispersión de semillas.
Los bañados de Carrasco no son un paisaje aislado. Son parte de una red de humedales de la región que sostiene rutas migratorias documentadas en el Atlas de las Rutas Migratorias de las Américas.4 Fragmentar ese sistema con un desarrollo urbano de esta magnitud no afecta solo 228 hectáreas: interrumpe corredores que conectan a estos humedales con otros del litoral y de la cuenca del Plata. Es exactamente el tipo de fragmentación de hábitat que los propios acuerdos internacionales que Uruguay suscribió identifican como una de las principales causas de pérdida de biodiversidad en el mundo.
RESTAURAR NO ES «LLENAR DE AGUA»
En este debate suele confundirse qué significa restaurar un humedal. No consiste en llenarlo de agua y esperar que la vegetación aparezca. Un ecosistema de humedal es el resultado de procesos evolutivos, hidrológicos y biogeoquímicos que llevaron milenios en formarse: suelos específicos, comunidades de invertebrados, redes tróficas y ciclos de nutrientes que no se recrean con una topadora y una promesa de «área verde».
La ya citada Convención de Ramsar advierte que, una vez degradados, estos ecosistemas son costosos y difíciles de restaurar, y que la prevención es siempre más eficaz y más económica que la restauración posterior.
EL «ECOPARQUE» NO ES UNA MEDIDA DE MITIGACIÓN
En el proyecto de Bislun se anuncia la creación de un «ecoparque metropolitano» o «ecoparque lineal» en el borde del bañado, junto con un observatorio, como medidas de mitigación. El planteo no resiste el análisis. Según especialistas de la Udelar, en los bañados de Carrasco se han registrado al menos 83 especies de aves que, de avanzar la urbanización, tendrían que desplazarse o simplemente desaparecer.
Un parque perimetral no reemplaza la dinámica hidrológica de un humedal activo y mucho menos restituye la conectividad que la urbanización interrumpe: contribuye, como máximo, a paliar el impacto dentro del predio, pero no evita que se generen peores efectos aguas abajo, en el resto de la cuenca.
¿Qué aves vamos a poder avistar desde un observatorio si antes alteramos el pulso de agua, los niveles y los ciclos de inundación y sequía de los que esas mismas aves dependen para alimentarse, descansar en sus rutas migratorias o reproducirse? Un observatorio sin humedal funcional es una foto del paisaje, no una medida de conservación. El prefijo eco- no cumple, por sí solo, con ninguna promesa de conservación.
EL PAISAJE, LA ESPONJA Y EL REFUGIO FRENTE AL AGUA
Más allá de la biodiversidad, los bañados de Carrasco cumplen una función que ya pagamos caro cuando falta. Actúan como esponja natural, absorbiendo las lluvias y amortiguando crecidas en todo el trayecto del arroyo Carrasco hacia el Río de la Plata.
Especialistas del PIM advierten que la urbanización se ubicaría en la zona media de la cuenca, cerca del arroyo Manga, mientras que el mayor riesgo de inundación recaería sobre la zona baja de Camino Carrasco y Paso Carrasco, y sobre asentamientos como Nueva España, donde los vecinos ya conviven con anegamientos frecuentes (El Observador, 23-VI-26). Urbanizar la zona media sin resolver qué pasa aguas abajo traslada el problema a quienes menos herramientas tienen para afrontarlo.
A su vez, fragmentar la continuidad ecológica del paisaje con avenidas, loteos y cercos de vegetación no nativa no solo reduce el hábitat disponible, sino que degrada la función de amortiguación de la que depende buena parte del este de Montevideo y el oeste de Canelones.
SUMIDEROS DE CARBONO, NO DE PLÁSTICO
Los humedales están entre los ecosistemas más eficientes del planeta para capturar y almacenar carbono. Convertir parte de ellos en infraestructura urbana no solo libera ese carbono acumulado, sino que reduce la capacidad futura de captura. Hay, además, una amenaza más silenciosa. Los bañados de Carrasco ya arrastran contaminación histórica de industrias instaladas en sus orillas desde mediados del siglo pasado. Que un ecosistema capaz de secuestrar carbono termine, en cambio, recibiendo plásticos y residuos urbanos es una contradicción que ninguna urbanización «sostenible» puede maquillar con un parque lineal.
LO QUE DICE DE NOSOTROS CÓMO DECIDAMOS
La forma en que un país trata a sus últimos humedales metropolitanos no es un dato técnico menor: es una medida de su cultura. Priorizar la especulación inmobiliaria de corto plazo por sobre un ecosistema que tardó milenios en formarse y presta servicios que no se compran dice tanto de nosotros como cualquier otra política pública.
Vecinos de la zona ya advierten, además, sobre otro riesgo: que instalar un barrio de alto poder adquisitivo junto a asentamientos populares termine encareciendo el costo de vida y desplazando a quienes viven ahí hace generaciones. Conservar y manejar la naturaleza con base científica y criterios sostenibles no es un lujo estético, es una decisión sobre qué país queremos ser cuando el corto plazo deja de ser el único criterio.
LA CONTRADICCIÓN DEL AGUA
Uruguay, como buena parte de la región, atraviesa una crisis hídrica que se agravó en 2023 y volvió a manifestarse entre fines de 2025 y mediados de 2026, con las reservas de Paso Severino en niveles críticos.
La respuesta estructural en marcha es la represa de Casupá, un embalse artificial de gran escala entre Florida y Lavalleja, con una inversión superior a los 130 millones de dólares.
Mientras el país invierte en crear nuevos cuerpos de agua artificiales para asegurar el suministro, permite al mismo tiempo que se degrade uno de los humedales naturales que ya cumple, gratis, buena parte de esa función de regulación hídrica para el área metropolitana. ¿No sería más sensato, antes de multiplicar la infraestructura artificial, invertir en purificar, sanear y proteger los cuerpos de agua que ya alojan estos ecosistemas de humedales tan valiosos?
¿QUÉ SE REQUIERE PARA ARMONIZAR DESARROLLO Y CONSERVACIÓN?
No se trata de frenar toda inversión ni de negar el desarrollo. Se trata de exigir que, antes de cualquier aprobación –antes de declarar el interés departamental, antes de cambiar la categoría del suelo–, se agoten y se actualicen los inventarios y los estudios de impacto ambiental, hidrológico y socioterritorial a escala de toda la cuenca, con participación real de quienes habitan el territorio.
Vale la pena decir esto con toda claridad: ese estudio de impacto ambiental es imprescindible, pero conviene no perder de vista sus límites. En Uruguay, la evaluación es encargada y pagada por el propio proyecto que busca ser aprobado, no por un equipo independiente, lo que introduce de entrada un interés y un sesgo estructurales.
La participación ciudadana que prevé la ley no puede modificar ni detener el proyecto si el gobierno no lo decide, porque no es vinculante. Y las audiencias públicas son, por diseño, informativas: la autoridad escucha, pero no está jurídicamente obligada ni a corregir ni a rechazar lo que se le presente. Exigir el estudio es necesario, pero no ingenuo: hay que exigir, además, que sus resultados puedan realmente intervenir en una decisión.
Cualquier medida de mitigación que se proponga –parques lineales, ecoparques, observatorios– debería evaluarse por su capacidad real de conservar la conectividad ecológica del humedal y no por lo bien que suene su nombre.
Debemos exigir que los bañados de Carrasco vuelvan a integrar el listado de humedales de importancia ambiental del que fueron excluidos en noviembre de 2025, sin que hasta hoy se haya dado una explicación oficial.
Los bañados de Carrasco no van a tener una segunda oportunidad. El federal que observé de niño por supuesto que ya no está allí. Sin embargo, los uruguayos estamos todavía a tiempo de que no seamos nosotros quienes decidamos que la vida silvestre y la magia del bañado en su conjunto tampoco lo estén, dentro de unos pocos años, para nadie más.
(Francisco Rilla. Biólogo uruguayo especializado en la conservación de humedales y aves migratorias. Actualmente reside en Alemania, donde está vinculado a diversos proyectos internacionales de investigación y protección de estos ecosistemas)
- «Rincón del Bañado», en sitio web del Municipio F, Intendencia de Montevideo. ↩︎
- Cifras del Instituto Nacional de Estadística. «Por la protección de los bañados de Carrasco», en el sitio web de Fucvam. ↩︎
- Convención sobre los Humedales, Perspectiva Mundial sobre los Humedales 2025: valorar, conservar, restaurar y financiar los humedales, Gland (Suiza), 2025. ↩︎
- CMS, «Atlas para las Rutas Migratorias de América» («Atlas for the Americas Flyways»), lanzado en la COP15, marzo de 2026. ↩︎








