Usted llegó temprano, luego de un desayuno ligero. Le dieron una cápsula que contiene 25 miligramos de psilocibina pura, una sustancia química encontrada en ciertos hongos que tiene efectos alucinógenos. Le indicaron que se sentara en un sofá, en una habitación agradable, con luces tenues. Su terapeuta está ahí. Ahora, mientras la psilocibina empieza a hacer efecto, usted tiene un antifaz que le cubre los ojos y una playlist de música especialmente seleccionada suena a través de los auriculares que le han colocado. Pasan las horas y usted transita por distintos estadios. El día anterior tuvo una sesión individual con un terapeuta y luego otra instancia grupal con tres personas más. Es decir, hubo toda una preparación. Pero el viaje es distinto para cada uno. Quizá su conciencia se va hacia lugares a los que nunca fue. ¿Ve cosas? ¿Se transporta con la música?
El efecto va a pasar. Le van a dar el alta –además, le van a sacar sangre– y se va a ir con un amigo o familiar. Al día siguiente tendrá una sesión grupal y a la semana, otra. A la tercera y a la octava semana tendrá visitas de control clínico. En paralelo, le harán entrevistas en profundidad para evaluar el impacto de la psicoterapia en usted, como la que ya tuvo antes de consumir la psilocibina, cuando le preguntaron sobre su familia, sus creencias, su trayectoria de vida, y si ya tuvo alguna experiencia con sustancias psicodélicas.
En los días por venir le preguntarán qué sintió durante la administración del fármaco. Sus vivencias, sus emociones, sus experiencias durante esas horas y las que siguieron. Al final, a los dos meses del día que pasó con psilocibina en el cuerpo en una habitación de luz tenue, evaluarán los cambios que hubo en su vida desde entonces.
Grosso modo, así es el estudio clínico que se propone hacer Arché, el Núcleo Interdisciplinario de Estudios sobre Psicodélicos de la Universidad de la República y de la Universidad Claeh. El público que piensan seleccionar son pacientes oncológicos que atraviesen distintos estadios de la enfermedad y presenten, además, un trastorno depresivo mayor. Basados en ensayos clínicos internacionales que ya comprobaron cierto nivel de efectividad en tratar estos trastornos –tanto depresivos como de ansiedad–, los investigadores de Arché buscan saber si esos resultados pueden reproducirse en Uruguay, en pacientes con cáncer y de forma grupal.
La psicoterapeuta y doctora en Farmacología María Penengo, integrante de Arché, le dijo a Brecha que se busca «producir evidencia que contribuya a discutir con datos informadamente» sobre la eficacia de las psicoterapias con sustancias psicodélicas con una impronta uruguaya. «Nos interesa que los datos tengan que ver con nuestra realidad» y no «reproducir certezas que vengan de afuera». Es por eso que se introdujo en el proyecto de ensayo clínico una entrevista en profundidad de carácter «antropológico-etnográfico», que busca mantener el «rigor de la investigación clínica», pero también el de la «experiencia humana», en un fenómeno por demás complejo.
¿Y por qué pacientes con cáncer? Penengo explicó que atravesar la enfermedad «pone en jaque muchas de las cosas que damos por sentadas» y por eso se busca en quienes participen del estudio «la conjunción de cáncer y depresión», situaciones marcadas «por la complejidad y la vulnerabilidad». Para la investigadora, sin embargo, «es importante ser cautos» en las expectativas que se colocan sobre las sustancias psicodélicas, porque «al día de hoy no hay una aprobación formal para estas sustancias en ninguna indicación ni con psicoterapia incluida».
En un artículo académico publicado este año en la Revista de Psiquiatría del Uruguay,1 los investigadores de Arché repasan los casos de la psilocibina y la metilendioximetanfetamina (MDMA, éxtasis) en su camino acelerado para obtener la certificación de fármacos autorizados, fundamentalmente por parte de la Administración de Alimentos y Medicamentos (Food and Drug Administration, la FDA) de Estados Unidos, que hasta ahora solo ha otorgado la designación de terapias innovadoras a algunos tratamientos desarrollados a partir de esas sustancias. Con MDMA se hicieron ensayos en psicoterapias asistidas para tratar el trastorno de estrés postraumático, y se hizo lo propio con la psilocibina para trastornos depresivos. La designación como terapia innovadora por parte de la FDA supone que existen «evidencias clínicas preliminares de eficacia y/o seguridad que indican que esos tratamientos podrían representar una mejora sustancial con respecto a los disponibles en enfermedades graves o de alta mortalidad».
Sin embargo, el MDMA tuvo un traspié, luego de que en agosto de 2024 la FDA frenara su aprobación como tratamiento para el trastorno de estrés postraumático, cuando el panel asesor de la institución hizo observaciones sobre los estudios clínicos y respecto a «la robustez de los diseños, la transparencia de los reportes de seguridad o la ética en la ejecución».
Además, hay otro punto: los psicodélicos aún hoy integran la categoría I de la Ley de Sustancias Controladas, promulgada en 1970 en Estados Unidos. Es decir, son consideradas sustancias con altos potenciales de abuso y no está permitido su uso médico. La decisión de impulsar ensayos clínicos y declararlas terapias innovadoras no ha cambiado su estatus legal.
En Arché citan un artículo de Kerem K. Soylemez, Emma Marie de Boo y Joanne Lusher que revisa la literatura sobre psicodélicos, propone una regulación «multinivel», que incluya autorizaciones clínicas con elementos de reducción de daños y protección cultural para sustancias que son utilizadas en rituales –como la ayahuasca en algunos países de América Latina–, y argumenta que únicamente la despenalización, sin ese tipo de regulación estructurada, puede traer aparejados «vacíos que habiliten mercados informales o uso no supervisado, con los consecuentes riesgos asociados».
LOS OTROS HONGOS
En plena urbe montevideana hay una casa de varias habitaciones y patio arbolado que sirve como punto de encuentro, cosecha y distribución de hongos y productos –como gotas, chocolate o miel– que contienen psilocibina. Nadie llega por casualidad. Se los contacta por Instagram, previa sugerencia de alguien que ya los siga y los recomiende. La atención es en un garaje decorado, con unos pocos libros que este cronista define como «metafísicos», aunque no está seguro de si es la palabra correcta. Hasta ahí llegan los clientes; es la parte visible. Esa es la seta, el tronco con sombrero –y todas sus variantes y estilos–, la imagen universal del hongo. Pero el hongo real es el micelio, una red de hilos microscópicos que están ocultos bajo tierra y absorben los nutrientes para su subsistencia. El micelio de este lugar está más allá del garaje, en el resto de la casa.
Al atravesar el fondo semiselvático hay una barbacoa, que funciona como una especie de salón multiuso. Además de sillones reunidos en un living improvisado, hay maderas, gatos, una computadora, un baño y ollas a presión que se usan para el primer paso de la producción fungi.
Una integrante del grupo –bióloga y encargada del laboratorio de la casa– explica que en realidad se trata de dos procesos paralelos. «Vos tenés la espora [una célula microscópica que sirve para que el hongo se reproduzca], que es el primer paso para la construcción y el desarrollo del hongo, a partir de la que crece el micelio. Por otro lado, tenés el desarrollo del alimento y del contexto para que crezca. Intentamos imitar lo que hace la naturaleza en un laboratorio», dice.
En las ollas, ubicadas en la cocina de la barbacoa, desarrollan el sustrato. «Lo que hacemos es cocinar los granos –usamos en general avena, sorgo, mijo– para que queden hidratados», afirma. Luego se los guarda en bolsas que van una hora y media a la olla a presión. Todo está perfectamente esterilizado, porque una mínima contaminación puede ser fatal. «Así como no queremos comida con hongos, no queremos hongos con hongos», bromeó uno de los presentes.
Encerrado y sin posibilidad de contaminación, el sustrato sube a la segunda planta de la casa donde hay una habitación que funciona como laboratorio. Para todo este proceso hay que pasar siempre por el patio vegetado, donde en última instancia también van a parar los hongos, como parte de un compost.
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La mayoría de los integrantes del proyecto se conocieron en ceremonias de ayahuasca. En la hora y media que duró la conversación y el recorrido por la casa, mencionaron varias veces la insatisfacción con las respuestas
que el mundo tenía para ellos, algo que luego dicen haber encontrado en este nuevo estilo de vida que les devuelve algo más. No evangelizan, sin embargo. En ningún momento hablaron de los hongos como la panacea que nos librará de la ansiedad excruciante de nuestros tiempos.
—¿Qué creen que lleva a la gente a recurrir a proyectos como el de ustedes? –preguntamos.
—Más que nada lo que tiene que ver con la salud mental. Ansiedad creo que es por lo que más llega la gente. Depresión también. Algunas por consumo problemático de drogas. Después hay otros que lo usan más como para expandir ciertas cosas, como la creatividad. Y muchos que llegan por el uso recreativo, pero se terminan llevando algo más –respondió otro de ellos, encargado del manejo de Instagram y el trato directo con el público.
La búsqueda de terapias alternativas o el consumo recreativo de hongos tiene –al menos en Montevideo– un público de clase media, media alta, que desde hace unos años entró en el boom de los psicodélicos. En el artículo de los investigadores de Arché se habla del hype –«entusiasmo exagerado o sobreexpectativa en torno a algo, generalmente una tecnología, producto, evento o idea»– psicodélico, que genera expectativas desmedidas sobre su uso. Muchas veces es azuzado por privados con intereses comerciales, que por ejemplo ofrecen fármacos a base de psicodélicos para entrar al mercado. Pero en general el boom pasa por proyectos alternativos.
How to Change Your Mind («Cómo cambiar tu mente»), de 2022, es el documental que desde Arché señalan como un producto «clave» en esta suerte de renacimiento de los hongos. A esto se suman revistas especializadas, conductores de pódcast, como Joe Rogan, empresas y otros actores que inflan la burbuja psicodélica e influyen en la percepción del público, de los encargados de diseñar políticas públicas y, sobre todo, de los inversores.
«En conjunto, estos factores han configurado un entorno donde la promesa terapéutica se ve amplificada más por mecanismos mediáticos y comerciales que por consensos científicos robustos, con el riesgo de alimentar falsas expectativas, tanto en el territorio clínico como en el político», dicen los investigadores de Arché.
En el artículo, grafican el aumento exponencial que tuvieron las publicaciones académicas y los ensayos clínicos con psicodélicos desde principios de siglo, pero principalmente desde el año 2020. Entre los principales patrocinadores de estas investigaciones están las universidades de Johns Hopkins, de Yale y de Wisconsin-Madison, así como el Centre for Addiction and Mental Health, de Canadá, y la Universidad de Zúrich, Suiza. Señalan, además, la presencia de la empresa biofarmacéutica británica Compass Pathways.
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Antes de entrar al laboratorio es necesario descalzarse. Un suave olor a farináceo precede a los racks llenos de contenedores de plástico que están contra la pared derecha con setas ya desarrolladas. Bosques de hongos en miniatura. Marrones y con capuchón, blancos con los sombreros al revés, como si un viento los hubiera despeinado, otros pálidos con la punta cerrada sobre el tronco.
En el medio, una cámara de flujo laminar: un mostrador con una gran estructura por encima que es –según nos explican– «básicamente un ventilador con muchos filtros» y lanza «aire 99 por ciento puro» para el momento en el que se abran las bolsas y con una jeringa se introduzcan las esporas, que comienzan a nutrirse y a colonizar.
«Cuando toda la bolsa queda blanca es porque la mezclamos con un componente más acuoso, que es fibra de coco o vermiculita, para que el hongo tenga humedad para crecer, porque el cuerpo fructífero en sí es 90 por ciento agua», explica uno de los integrantes del grupo, mientras señala unos contenedores de plástico al lado del mostrador, más cubiertos que los demás. Van a estar un mes en la oscuridad para que el micelio termine de colonizar todo. Luego pasan a la luz, a los contenedores de plástico contra la pared, donde «fructifican». Cuando están listos, se cosechan y ahí quedan un mes.
Todos los hongos son clones, por así decirlo. En la prehistoria de todo este proceso, se seleccionan los fenotipos más favorables a sus objetivos para luego hacerlos crecer. La bióloga del equipo es la que parece
más fascinada con el proceso de «refinamiento» de las cepas que cultivan. Si bien es «relativamente común» que haya modificaciones, para ella siempre resulta «fascinante». «Vos podés dirigir eso o hibridar o cruzar cepas, pero a veces, como en la naturaleza, las cosas se cruzan, se hibridan por la genética. Y te sale algo nuevo. Se da vuelta el hongo y te sale todo como un coral, por ejemplo», asegura.
Más allá de las mutaciones, las formas que presentan cada una de las nueve cepas pueden ocupar párrafos enteros de descripciones que aburrirían hasta al más entusiasta del reino Fungi. Solo un ejemplo ilustrativo: los nutcrackers son una de las nueve cepas que se cultivan en el laboratorio. Se trata de hongos pálidos de troncos robustos, con sombreros que parecen ser los merengues usados para decorar tortas.
El producto final son los hongos luego de ser pasados por una máquina deshidratadora que tienen en otra habitación. Quedan pequeños, arrugados, duros y listos para ser embolsados. Para los demás productos derivados, los muelen y elaboran un mix que se usa para las microdosis, los chocolates o la miel.
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—¿Han pensado en que pueden tener algún problema con la ley, por ejemplo? –nuestra pregunta dio lugar a un mínimo silencio por primera vez en una entrevista fluida. Uno de ellos, que lidera el proyecto, fue el que respondió.
—Lo que he visto es que no hay, como tal, una persecución de esto. O sea, realmente hay problemas más importantes. No creo que sea tan riesgoso para la sociedad como otras sustancias, digamos. Como el narcotráfico puro y duro.
—¿Esperan que esto se regule?
—Sí, claro. Intentamos hacer todo lo posible para estar preparados para ese momento. Buscamos ir generando redes con terapeutas, curando la información que vemos que más puede ayudar a la gente que termina tomando hongos. Es todo una preparación para el día en que se abra una oportunidad más clara.
- María M. Penengo, Mauricio Toledo, Marta Vázquez, Laura Ramos, Frank Lozano, Ismael Apud, Juan Scuro e Ignacio Carrera, «Psicodélicos en psiquiatría: un modelo multidimensional para el análisis crítico del campo», Revista de Psiquiatría del Uruguay, 2026. ↩︎










