No puede ganar el que no sabe a qué juega - Semanario Brecha
Un ejercicio para entrenar la imaginación política

No puede ganar el que no sabe a qué juega

Manifestación a favor de Luiz Inacio Lula da Silva organizada por jóvenes en la Rua pela Democracia en Rio de Janiero. Agencia Brasil, Rovena Rosa.

Las manifestaciones se multiplican como hongos por el mundo, y la victoria de Luiz Inácio Lula da Silva, más la posibilidad de una derrota de Donald Trump en las midterms, dan un respiro en este tiempo caótico. No es poco: entre la epidemia de soledad, la aparición de un derechismo joven y las nuevas técnicas de control era plausible temer que no volviéramos a ver algo como esto.

Después del primer respiro, en el tiempo abierto por el alivio, aparecen algunas preguntas inquietantes. ¿Qué posibilidades tienen estas buenas noticias de cambiar la tendencia y crear una nueva situación? ¿Abren caminos para actuar de forma eficaz en este mundo de guerras y crisis? Si en el siglo XXI hubo muchos movimientos de masas y gobiernos de izquierda, ¿por qué llegamos a esta situación? ¿Por qué una nueva ronda de protestas y elecciones produciría algo distinto?

La buena noticia es que sigue siendo posible protestar y ganar elecciones. La mala es que no tenemos buenas ideas sobre qué viene después, qué hacer con eso. Parte de la causa de este problema es que pareciera que pensáramos que no tenemos que tener respuestas. Hay una linda anécdota, quizás apócrifa, que ha contado varias veces Slavoj Žižek. Dice así: Eric Hobsbawm, el gran historiador británico, se dirige a una asamblea de trabajadores. Les dice que él no viene a enseñarles y que no sabe nada que ellos no sepan, a lo que un trabajador lo interrumpe diciendo: «Entonces andate, te invitamos porque pensábamos que sabías».

Se ha hecho un lugar común entre militantes e intelectuales decir: «No tengo recetas», «estoy tan confundido como ustedes» y cosas por el estilo. Naturalmente, es válido no saber y, más aún, ser sinceros cuando no se sabe. El problema no es decir que no se sepa, es que la siguiente frase no sea «… y voy a trabajar hasta saber». Que las respuestas son falibles y parciales es algo obvio, y no debería ser excusa para no pensar. Que las propuestas tienen que ser elaboradas en colectivo también, pero alguien tiene que empezar la discusión. Incluso Sócrates, famoso por solo saber que no sabía nada, en La República, Las leyes y El político se animó a, mediante el diálogo, pensar al detalle cómo se debe y se puede organizar la sociedad.

En el mismo sentido, suele ser mal interpretada una idea popularizada por Eduardo Galeano: que la utopía, como el horizonte, cada vez que nos movemos un paso, se aleja un paso, y que sirve justo para eso, para caminar. Usualmente, esta idea es empleada para decir que la utopía es imposible, que se nos aleja cuando nos acercamos. Pero la parte importante es la otra: que sirve para caminar. Y no para caminar por caminar, sino para saber hacia dónde.

Es cierto que el mundo es confuso, complejo y cambiante, y que es difícil decir cosas con seguridad. Pero el error es pensar que va a haber un momento que no sea confuso, complejo ni cambiante. Es más: las turbulencias, en las que las estructuras sociales y mentales se tambalean, son un buen momento para inventar e intentar cosas.

Tampoco la debilidad ni la derrota son excusas. Fue en el momento de mayor debilidad del catolicismo, a fines del siglo XIX, con el papa «prisionero en Roma», que León XIII inventó la estrategia que produjo la explosión de creatividad política e intelectual del catolicismo del siglo XX. Y fue en el momento más derrotado del liberalismo, luego de la revolución rusa, la crisis del 29 y el ascenso del fascismo que Friedrich Hayek y los suyos inventaron el neoliberalismo, una teoría completa que pensó todo, desde la antropología y la moral hasta la empresa, la política y el derecho internacional.

Naturalmente, esto no es algo fácil de hacer. El trabajo terminado debería tener una gran densidad de conocimiento, desde las ciencias naturales a la filosofía, desde la teoría de la gestión a la capacidad de evaluar experiencias. Todas las áreas del conocimiento y el trabajo tienen, en principio, algo para decir en esta discusión. Sería un trabajo colectivo largo, que, a su vez, requeriría de instituciones que lo alojen y lo promuevan. No hay atajos, y el primer paso es aceptar que la mezcla de sentido común, políticas de organismos internacionales y memorias fragmentadas de experiencias del pasado que usamos hoy para orientarnos no es suficiente. El segundo paso es ponerse a trabajar.

Por eso, lector, lectora, le propongo un juego. Que no sustituye el largo trabajo que tenemos por delante, pero lo empieza y, sobre todo, ayuda a creer que somos quiénes como para pensar estas cosas. El juego es sencillo. Busque un papel y un lápiz. A continuación, vienen diez preguntas, que usted responderá en no más de un par de renglones cada una. Las preguntas deben ser respondidas desde el punto de vista de una sociedad que funcione de manera justa, que a usted le parezca deseable y posible. Usted responderá imaginando una sociedad completa, usando el tiempo verbal presente de forma directa, sin condicionales ni excusas. No tendrá en cuenta las relaciones de fuerza ni las ideas dominantes actuales, sino solo su deseo y su conocimiento. Sin más, las preguntas son: 1) ¿Cuál es la actitud básica que se espera de una persona? –hoy, por ejemplo, se espera que compita y aspire a enriquecerse–. 2) ¿Cuál es la institución fundamental de la economía? –hoy es la empresa privada–. 3) ¿Cómo están organizadas las instituciones políticas? 4) ¿Cómo funciona la política de escala mundial? 5) ¿Cómo se relaciona la sociedad con la tecnología? 6) ¿Cómo se relaciona la sociedad con la naturaleza? 7) ¿Cómo se organiza la gestión del territorio? 8) ¿Cómo se organizan las tareas de reproducción social? 9) ¿Cómo funcionan la educación y la investigación? 10) ¿Qué formas de entender el mundo y la vida predominan?

Lea sus respuestas. Busque incoherencias, corrija. En la próxima conversación que tenga, cuente lo que este ejercicio le hizo pensar. Saque charla delicadamente sobre los temas que le parezcan controversiales y le causen dudas a usted mismo. Discuta con rigor y ajuste sus opiniones si entiende que su imaginación se equivocó. En la próxima reunión familiar, de amigos, de comité, de sindicato o lo que sea, cuénteles sobre este juego. Quizás tengan ganas de jugar.

Si nos quejamos de que se nos canceló el futuro, que el capitalismo puede soñar y nosotros no, que tenemos un déficit de imaginación política, ese problema tiene una sola solución: empezar. Así, la próxima victoria nos va a encontrar mejor preparados.

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