Cuando alguien que no es crítico ni entendido en arte entra en la sala mayor de la Fundación Unión,1 lo primero que llega a los ojos –que no son dominados por la voluntad, simplemente van– es un paisaje de alegría. Un árbol de redonda copa, toda ella habitada por pequeñas flores, sobre un pasto a su vez habitado por pequeñas flores. Sólo el trazo marrón del tronco, en la mitad, interrumpe ese doble juego picadito, debajo de un cielo de tonos rosados y azules que ocupa los dos extremos superiores del cuadro. ¿Por qué llama tanto esa delicada ventana, que tiene algo de puntillista en su recreación como infantil de detalles luminosos? Quizá porque se nos promete una exposición de arte naïf, que quiere decir ingenuo, lo que implica probablemente –luego veremos que no siempre– un cierto aire in...
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