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La malquerida

El vínculo de Brecha con la publicidad ha sido siempre bastante tormentoso. Hay que reconocer un talante mezcla de resignación e intransigencia que impide a Brecha moverse con muchas de las reglas de juego que imperan en el resto de los medios.

Campaña de suscriptores, 1992

El vínculo de Brecha con la publicidad ha sido siempre bastante tormentoso. El semanario nunca se propuso en ese terreno parecerse a Marcha, donde Quijano se agarraba la cabeza cada vez que entraba un avisito que quitaría espacio al fecundo debate de ideas, y era incluso capaz de no publicarlo. Pero sí hay que reconocer un talante mezcla de resignación anticipada (“El grupo fundador partía de la base de que no le iban a dar avisos y se paraba en esa perspectiva, por lo cual tampoco hacía mucho esfuerzo por pelearla”, recuerda Marcelo Pereira) y una elevada intransigencia, que llevó un día a rechazar un aviso de hot lines, porque quién sabe qué desvío ideológico podía aparejar. La decisión, como no podía ser de otra manera, terminó en debate en el viejo Consejo Editor. Claro que esto último...

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