Lo primero fue el asco. Mi asco. Caminar sobre placas tectónicas de desperdicios, porquería, basura apisonada, dar un paso y otro sobre bolsas, trapos, mierda, botellas, pañales, temer resbalar en ese barro amasado con aguas servidas que huelen a vómitos, semen, fetos en descomposición, pescado podrido.
Yo sé que debería encontrar una palabra para describir este olor, esta pestilencia a cosas muertas, a ríos de orines calentados al sol y mezclados con la sal y la humedad del mar que está allí, a dos pasos, pero fracaso: hedor, tufo o hediondez no describen nada de este mundo. Camino y trago saliva.
Al mediodía y en el mercado, cuando bajé de mi burbuja rodante y acondicionada, ese olor fue un puño que me reventó la boca.
Estamos en Haití, en el sur de Puerto Príncipe.
Este lugar se llama M...
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