Hoy hay que estar con Cuba a pesar de las diferencias que tengamos. Cuba nos dio mucho. Incluso sus errores nos son útiles como aprendizajes. La revolución cubana es una experiencia fundamental en la larga marcha de nuestros pueblos para construir un mundo mejor, más justo y más libre.
Cuba enfrenta uno de los momentos más críticos de su existencia. El bloqueo total de petróleo impuesto por Estados Unidos es una amenaza directa a la vida de todo un pueblo. Sin combustible no hay transporte, los hospitales no funcionan, ni la colecta de residuos o la distribución de alimentos. La intención es provocar una crisis humanitaria brutal. El genocidio del pueblo palestino fue realizado a la vista del mundo y con total impunidad. ¿El patrón se repite?
Como hijo de la revolución cubana tengo con ella una relación de amor y críticas. Me pesa no estar allí, asumiendo con su pueblo los rigores de su vida cotidiana. Ello no me inhibe de sentir dolor y bronca ante las limitaciones de ese proceso. A lo largo de su historia, la revolución protagonizó las más bellas cosas, así como errores y horrores. Estamos donde estamos por una combinación de factores externos (la agresión permanente del imperio) e internos, en particular la dificultad para combinar la agenda profundamente transformadora que impulsó desde sus inicios con el desarrollo pleno de la pluralidad de pensamiento y la democracia. Ello ha impedido el protagonismo con autonomía de las nuevas generaciones formadas en sus valores humanistas y la puesta en práctica de opciones –económicas y políticas– que quizás hoy le darían mayor robustez ante la adversidad. No se trata de un tema sencillo: ninguna revolución real ha sido capaz de lidiar con esta contradicción de manera convincente.
La desaparición de la Unión Soviética y su apoyo económico y los cambios en el mundo aumentaron el aislamiento de un país pequeño y pobre, sometido al bloqueo económico. Las dificultades internas para modernizar su economía fueron instalando la crisis. El anquilosamiento de su sistema político y los problemas para dejar paso a nuevos liderazgos entorpecieron una necesaria renovación del proceso revolucionario. La Cuba de los últimos años es un pálido reflejo de lo que fue. A pesar de todo, la idea sigue viva en su gente, aunque la realidad cotidiana sea muy dura y muchos de los sueños de antaño estén golpeados o descoloridos.
La revolución cubana también ha sido esperanza, realizaciones hermosas y gestos extraordinarios. Por ello enamoró a tantos. Desde el primer momento enarboló una agenda transformadora, que parecía imposible en un país pequeño y pobre. Las dificultades materiales y la constante agresividad estadounidense (bloqueo, guerra irregular, atentados) no impidieron que centrara sus esfuerzos en construir un sistema de educación potente, una salud con eje en las personas, una economía redistributiva que crecía y a la vez igualaba, que fijara su atención en la infancia («los niños nacen para ser felices» era la consigna), que avanzara en la ciencia y el deporte. Floreció la cultura: la música (con la nueva trova), el cine, el teatro, la pintura, la danza, la poesía. Movilizó las mejores energías de su pueblo: millones de jóvenes alfabetizados, construyendo, compartiendo. Lo hizo premiando la generosidad y la colaboración, en vez del egoísmo y la competencia. Todo esto no me lo contaron. Lo viví durante 14 años en Cuba, compartiendo con un pueblo que estaba construyendo su futuro, con sacrificios y alegría. Era increíble observar a un país que había sido una neocolonia yanqui decidir su propio futuro sin temor ante la agresividad del mayor poder sobre la Tierra. Ese fue uno de sus mensajes más potentes: el coraje, la soberanía, la dignidad.
La revolución cubana fue, además, de una extraordinaria generosidad. A pesar de sus limitaciones económicas, recibió a 15 mil niños ucranianos afectados por la catástrofe nuclear de Chernóbil, envió a decenas de miles de médicos y maestros a más de 160 países, recibió a miles de refugiados que huían de las dictaduras y a miles de jóvenes del tercer mundo para estudiar medicina o cine, entre tantos ejemplos. Los que han conocido a esos internacionalistas cubanos han podido sentir algo especial en ellos: su sencillez y su generosidad. Son los valores que la revolución impregnó en su gente.
Que nadie se equivoque. Es eso lo que molesta al imperialismo. Nunca pudieron aceptar ese ejemplo. No pueden permitir que un proyecto humanista, basado en el ser humano y no en el lucro, y, además, alegre, sea exitoso. Es un peligro existencial para el imperio. Por eso nunca lo dejaron desarrollarse plenamente. En otros tiempos la agresión se enmascaraba tras las banderas de la libertad y la democracia. El gobierno de Donald Trump, que es un enemigo militante de la libertad y la democracia, ya no se esconde tras subterfugios.
La actual agresión a Cuba también me preocupa como ciudadano del mundo. El trumpismo lidera un movimiento de extrema derecha, xenófobo, racista y autoritario, que se expande por el mundo entero e incluye los avances neofascistas en Europa, a Benjamin Netanyahu y Vladímir Putin, a Javier Milei, Jair Bolsonaro, José Antonio Kast y Nayib Bukele en nuestra América. Trump tiene un enorme poder y se comporta como un matón. Agrede a todos, nos acerca deliberadamente a la catástrofe climática, destruye metódicamente las normas que regulan las relaciones internacionales, no respeta a nadie. Es lastimoso ver la cobardía de casi todos los gobernantes del mundo (la dignidad de México es una excepción). Callan o miran para el costado ante sus bravuconadas. Incluso los que se atreven a algo son tremendamente tibios. Supimos tener a Fidel Castro y a Salvador Allende, a Mahatma Gandhi y a Nelson Mandela, a Olof Palme y Ho Chi Minh. ¿Dónde están hoy los políticos dignos que se paren firmes ante el avance de la barbarie?
Decenas de miles de uruguayos fueron operados por los médicos cubanos en el Hospital Especializado de Ojos. Centenares de compatriotas recibieron refugio en el periodo más negro de nuestra historia reciente. ¿Cómo es posible que el gobierno uruguayo mire para el costado? Uruguay no solo no ha enviado ayuda solidaria: ni siquiera ha salido una declaración de condena ante una agresión ilegal y criminal. Da vergüenza.
Hoy Cuba está en la primera línea ante la prepotencia imperial, y todo parece indicar que casi ningún gobierno se atreve a actuar con dignidad y coraje. Si Cuba cae ante el ataque yanqui luego de 67 años de resistencia heroica, el mensaje será muy claro: no es posible resistir, no hay esperanza ante el avance del neofascismo.
No vienen por Cuba, vienen por todos.
Cuando el fascismo asoló Europa y amenazó al mundo, fuimos capaces de hacerle frente. Millones lucharon. La Unión Soviética y los Estados Unidos, los partisanos yugoslavos, la resistencia francesa, los republicanos españoles, el pueblo británico. Ante el peligro existencial pusimos las diferencias de lado.
Hoy no tenemos más que al pueblo para enfrentar el avance del horror. Algunos ya han mostrado el camino. Son los pueblos del mundo los que se han levantado contra el genocidio en Palestina y es el pueblo de Gaza el que sigue dignamente de pie, a pesar de todo. El pueblo de Mineápolis nos ha dado una lección de coraje y organización para enfrentar a las patotas de Trump. Hay que organizarse y luchar. Una forma es participar de la flotilla Nuestra América, que llevará ayuda al pueblo cubano. Otra es exigir al gobierno uruguayo una postura digna. Hay mil maneras de no dejar solos a nuestros hermanos.
Hoy defender a Cuba es defender a la humanidad.
Gregory Randall es ingeniero y docente, exprorrector de Investigación de la Universidad de la República y excandidato a su rectorado, Randall vivió en la isla entre sus 9 y 23 años. Recogió esa experiencia en Estar allí entonces: Recuerdos de Cuba 1969-1983, un libro autobiográfico y de crónicas publicado en Montevideo por Trilce en 2010.









