El día que Estados Unidos lanzó su agresión contra Irán junto con Israel, lo primero que hizo el régimen sionista fue clausurar totalmente la entrada al campo de exterminio de Gaza y no permitir el ingreso de ningún tipo de bienes. Pero la llamada comunidad internacional no se dio por enterada. Ya la atención mediática sobre la suerte de Gaza había caído de manera considerable desde octubre de 2025, como ocurre siempre que se firma un alto el fuego. Y, después del 28 de febrero, el genocidio desapareció de los titulares.
Israel aprovechó esa distracción para arreciar su campaña de aniquilación de población e infraestructura civiles y para expandir su ocupación del territorio gazatí: hoy ocupa cerca del 70 por ciento. Más de 2 millones de personas están hacinadas en poco más de 100 quilómetros cuadrados, sin viviendas ni refugios, sin agua ni electricidad, expuestas a temperaturas extremas, infecciones, enfermedades, ratas y serpientes, sobreviviendo entre montañas de escombros, basura y aguas servidas.
Más de 1.100 personas gazatíes fueron asesinadas desde el alto el fuego, de acuerdo a cifras difundidas por la ONU; la tercera parte, niñas y niños. Pero muchas más están muriendo por causas indirectas derivadas de las condiciones inhumanas en que el régimen israelí –con la complicidad internacional– mantiene a la población de Gaza. Es lo que la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio define como la intención de «someter al grupo a condiciones de vida que acarreen su destrucción física» e «impedir los nacimientos en el seno del grupo».
En simultáneo, Israel ha continuado su agresión implacable sobre Cisjordania y el sur del Líbano, donde está aplicando la misma política de tierra arrasada, expulsión y destrucción de familias y localidades enteras, asesinato de miles de civiles, periodistas, personal médico y socorristas.1
¿ALTO EL FUEGO?
La primera fase del acuerdo de alto el fuego firmado en octubre de 2025 estableció con detalles las obligaciones de las partes: el cese de hostilidades, la liberación de rehenes, el incremento de entrada de ayuda humanitaria a Gaza y la retirada gradual del Ejército israelí. Hamás cumplió a cabalidad con su parte: no abatió a un solo israelí –ni siquiera cuando Israel asesinó uno tras otro a sus mandos militares– y entregó a todos los rehenes que quedaban con vida, así como los cuerpos de los asesinados por las bombas israelíes, que debió localizar bajo los escombros y extraer sin la maquinaria que Israel no permitió entrar a Gaza.
Israel dejó claro desde el principio que no tenía intención de cumplir ninguna de sus obligaciones: liberó a los rehenes palestinos que quiso, cuando quiso y donde quiso; continuó asesinando a diario a civiles, personal médico, periodistas, policías y funcionarios públicos; continuó avanzando en su ocupación del oeste de Gaza (que incluye toda la tierra cultivable), corriendo la línea amarilla y empujando a la población hacia la costa; continuó destruyendo viviendas y edificios (y, de paso, borrando las pruebas de sus crímenes) e implantó en su lugar 38 bases militares y 25 quilómetros de terraplenes para dividir la Franja de norte a sur; continúa restringiendo la entrada de bienes esenciales para la vida: alimentos, agua potable, insumos médicos, combustible para cocinar y generar electricidad a vehículos y hospitales; y continúa prohibiendo la entrada de materiales de construcción para 2 millones de personas que llevan tres años viviendo en carpas precarias.2
En enero, Donald Trump anunció el inicio de la segunda etapa y la composición de su «Junta de Paz», presidida por él mismo y encargada de implementar el plan de 20 puntos para Gaza: la integran personajes como Tony Blair, Javier Milei, Nayib Bukele, Abdelfatah al Sisi, Marco Rubio, Steve Witkoff, Jared Kushner y el propio Benjamin Netanyahu. Su director ejecutivo es el excanciller búlgaro Nickolay Mladenov (con antecedentes vinculados al lobby sionista y a Emiratos Árabes Unidos). También nombró a los 15 tecnócratas palestinos, encabezados por el ingeniero gazatí Ali Shaath, que integrarán el Comité Nacional para la Administración de Gaza (NCAG, por sus siglas en inglés), un órgano dependiente de la Junta de Paz y que tendría a su cargo tareas administrativas ligadas a la reconstrucción, pero sin autoridad política ni militar. Desde entonces, el Comité está en un hotel de El Cairo porque Israel no le permite entrar a la Franja para asumir funciones. Todo el mundo sabe que Israel solo busca mantener el statu quo y que Hamás continúe en Gaza, porque es la excusa para continuar con el genocidio. Y ni Trump ni su Junta tienen la menor intención de obligarlo a cumplir, pese al compromiso asumido con Hamás y los mediadores en Egipto; porque el único interés de Trump al crear la Junta y su Plan de Paz era obtener el Premio Nobel de la Paz.
CASTIGO PARA LOS AGREDIDOS, PERDÓN PARA EL AGRESOR
En cambio, todas las presiones se ejercen sobre los negociadores palestinos. Según reveló Jeremy Scahill en Drop Site News, en abril Mladenov les presentó una hoja de ruta de 15 puntos que reescribe el acuerdo original al condicionar la reconstrucción, el autogobierno y la retirada israelí al desarme total palestino, sin mencionar las obligaciones incumplidas de Israel e ignorando que ese compromiso no estaba en el acuerdo firmado. Israel y Mladenov saben que la resistencia ya no tiene armas significativas, pero su exigencia no es más que una excusa para frenar cualquier intervención externa que pueda alterar el statu quo y para justificar la próxima escalada genocida.
En su respuesta a Mladenov, y en acuerdo con las demás facciones palestinas, Hamás propuso un proceso gradual de registro y almacenamiento de armas pesadas (lo que quede de ellas) en paralelo a la retirada israelí de Gaza, a la entrada del NCAG y al desmantelamiento de las bandas criminales. Sostiene que la potestad de decidir el futuro de la lucha de liberación nacional pertenece a todo el pueblo palestino; y que la cuestión de las armas solo puede abordarse como parte de un proceso que garantice su derecho a la autodeterminación y a establecer un Estado. Y reafirma el legítimo derecho a la resistencia contra una potencia nuclear que ocupa su territorio y comete un genocidio contra su pueblo.3
Hamás también defiende la unidad territorial entre Gaza, Cisjordania y Jerusalén Este bajo «una sola autoridad, una sola ley y una sola fuerza armada palestinas». Pero la hora de ruta de Mladenov y su respuesta a Hamás ignoran por completo estos reclamos, así como toda referencia al derecho internacional y la autodeterminación palestina. Como dijo a Drop Site News Abdullah al-Arian, académico de la Universidad de Georgetown (Qatar), «estamos hablando de un proceso que, en esencia, funciona en piloto automático» porque Trump «lo ha delegado en el lobby israelí, en el propio gobierno de Israel y en sus defensores más acérrimos en el gobierno de Estados Unidos». Es decir, en los que quieren la total capitulación palestina.
El reciente anuncio de Hamás de que está todo listo para transferir el gobierno de Gaza al NCAG no debe sorprender. De hecho, Hamás ha reiterado desde antes de 2023 su voluntad de cederlo a una autoridad que represente los intereses palestinos, incluso a la Autoridad Palestina. Este anuncio es otra señal de su voluntad de cumplir con el acuerdo de alto el fuego. Y también es una apuesta desesperada a que la entrada del NCAG –para el que Hamás pidió autonomía política y no solo administrativa– suponga el fin de los ataques israelíes y del bloqueo asfixiante, el ingreso de bienes de primera necesidad y el comienzo de la reconstrucción. Pero es precisamente todo esto lo que Israel no quiere que ocurra.
Una vez más, lo que vemos es la vieja estrategia israelí de exigir a los palestinos condiciones inaceptables para hacer fracasar las negociaciones, o dilatarlas eternamente. Como dijo a Scahill la abogada Diana Buttu (ex asesora de la Organización para la Liberación de Palestina en las negociaciones de Oslo), la historia demuestra que, independientemente de cómo respondan los negociadores palestinos –e incluso si llegan a un acuerdo con Mladenov y Trump–, Israel seguirá imponiendo sus propias reglas y lanzando ataques cuando le plazca, sin que ningún poder exterior se lo impida. «Somos el único pueblo del mundo que tiene que negociar el fin de un genocidio con el país que lo está perpetrando. Y lo más sorprendente es que ahora tenemos que negociarlo con un subcontratista.» Y agregó: «Han conseguido que la vida palestina gire solo en torno a la seguridad de Israel. Aunque la resistencia firmara un papel en blanco y dijera: “Dígannos qué quieren”, los israelíes seguirían negociando sobre ese papel en blanco».
Y, para demostrar que hace lo que quiere y no rinde cuentas a nadie, Israel anunció la puesta en marcha de un campo de concentración –dentro del más grande que ya es Gaza– al que ha llamado zona humanitaria libre de Hamás. El proyecto piloto, que luego sería replicado, consiste en instalar contenedores a donde atraer a la población gazatí ofreciéndole refugio, alimento, agua, atención médica, electricidad y todo lo que destruyó y no va a reconstruir en el resto de Gaza. Quienes acepten entrar estarán bajo rigurosa vigilancia y controles biométricos a cargo del Ejército israelí. A quienes se nieguen les espera la muerte por bombas, hambre o enfermedad. La zona elegida es Tel al-Sultán, en Rafah, convenientemente en el borde con Egipto para facilitar la expulsión masiva cuando se den las condiciones.
El 3 de julio se cumplieron 1.000 días del inicio de esta fase genocida contra Gaza. Algunos analistas creen que Israel podría relanzar una agresión a gran escala si los palestinos no se doblegan. A pesar de la gravísima situación humanitaria, de las continuas violaciones israelíes del alto el fuego y de su intención pública de reocupar Gaza, el eje de las negociaciones sigue siendo el desarme de la resistencia palestina. «Esto es muy revelador del enfoque que adoptan estadounidenses, israelíes y, en la práctica, el mundo entero: dar prioridad absoluta a la seguridad israelí. Y al final, ¿a quién le importa los palestinos?», afirmó Buttu. «Han ignorado por completo el genocidio; han ignorado por completo lo que están viviendo los 2 millones de personas en Gaza.» Al-Arian coincide en que, sin una intervención externa, el futuro será más sombrío. Sobre todo porque en octubre se vienen las elecciones en Israel; y todo el mundo sabe –y la historia reciente demuestra– que nada le da más votos a un político en esa sociedad genocida que lanzar otra ofensiva a gran escala contra la población de Gaza, y de toda Palestina.
- En Cisjordania, la actual agresión es la más mortífera desde 1967: según la ONU, desde octubre de 2023 Israel asesinó a más de 1.100 personas, incluidas unas 250 niñas y niños. Según el Ministerio de Salud de Líbano, solo desde marzo Israel asesinó a más de 4.300 libaneses. ↩︎
- En estos ocho meses no solo entró el 30 por ciento de los camiones acordados: la mayoría de los que entran traen productos comerciales superfluos o mercadería que se vende a precios altísimos, mientras las donaciones de bienes de primera necesidad entran por goteo. ↩︎
- El desarme de la resistencia nunca puede ser una precondición, sino el resultado de cualquier proceso. En Irlanda del Norte, el desarme del Ejército Republicano Irlandés fue el último paso en un largo proceso de negociaciones que llevó ocho años hasta alcanzar la autodeterminación y, con ella, la paz. ↩︎
Hamás, los clanes y las bandas armadas por Israel
¿Quién pone orden en Gaza?
El periodista local Motasem Dalloul dijo a Middle East Monitor que en Gaza no queda nada que administrar. Israel ha destruido las instituciones civiles y sus instalaciones y ha asesinado a bomberos, personal médico, policías y responsables de defensa civil, distribución de alimentos y otros servicios públicos bajo el pretexto de que son «agentes de Hamás». La intención es clara: sembrar el caos, destruir el tejido social palestino y llenar ese vacío con bandas criminales que en el pasado se enfrentaron al gobierno de Hamás. Algunas tienen antecedentes de actividades delictivas, saqueos y contrabando de ayuda humanitaria, colaboración con Israel y vínculos con grupos salafistas cercanos al Daesh. Las bandas operan al este de la línea amarilla, en la zona controlada por el Ejército israelí.
Según informa el corresponsal de Mondoweiss Tareq Hajjaj, desde que entró en vigor el alto el fuego, Hamás puso en marcha una amplia campaña de seguridad para acabar con las bandas armadas que saqueaban la ayuda humanitaria e incluso asesinaban a periodistas y combatientes. El Ejército israelí les ha proporcionado armas, entrenamiento, financiación, inteligencia y apoyo logístico para que luchen contra la resistencia. El propio Benjamin Netanyahu lo admitió públicamente en 2025. Sin embargo, la inteligencia israelí ha evaluado que las cinco bandas que hoy operan en Gaza no lograron lo que se proponían.
Tampoco ha funcionado la estrategia que Israel desplegó durante años para cooptar a los grandes clanes de Gaza y crear un contrapoder al de Hamás. Sus líderes han expresado su rechazo al accionar de las bandas criminales, se han desmarcado de los miembros de su clan que las integran y han dado su apoyo a la ofensiva de Hamás contra ellas. Esta negativa a colaborar con Israel puede incluso costarles cara, como ocurrió al clan Bakr en 2025, cuando una bomba aniquiló a nueve integrantes tras negarse a formar una de estas bandas en el campo de refugiados Al Shati.
Por otro lado, el periodista gazatí Mohamed Solaimane explica que, ante el vacío de poder derivado del asesinato de autoridades civiles, judiciales y políticas, los clanes familiares han pasado de los mecanismos tradicionales e informales por los que solían organizar la vida social en Gaza a celebrar elecciones para organizarse en consejos de familias. «Una familia sin un consejo corre el riesgo de que se pasen por alto sus derechos, incluido su acceso a la ayuda humanitaria», dijo la activista comunitaria Faten Harb, electa al Consejo Municipal de Deir al-Balah en las elecciones municipales de abril. (Los comicios fueron parte de la controvertida votación organizada por la Autoridad Palestina en Cisjordania y, por primera vez en 20 años –desde la ruptura entre Fatah y Hamás– en Gaza, donde solo se votó en Deir al-Balah, la localidad menos destruida por los bombardeos israelíes.) Harb también expresó su preocupación por la total ausencia de mujeres en los nuevos consejos familiares.
Los líderes de la Agrupación Nacional de Tribus, Clanes y Familias de Gaza coinciden en dos cosas: más allá de las necesidades materiales, la nueva organización busca responder a los desafíos derivados de la destrucción de las instituciones de gobierno, pero no pretende ser una alternativa al liderazgo político o a cualquier órgano que gobierne Gaza. No obstante, dejaron claro que ninguna iniciativa gubernamental o política puede tener éxito sin el apoyo de los clanes. Esto abre un interrogante sobre cómo tendrá que vérselas con ellos el gobierno que la junta de Trump decida imponer en Gaza,








