Espínola, Paco y don Paco - Semanario Brecha
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Espínola, Paco y don Paco

Un monumento y una herencia

Si Francisco “Paco” Espínola fue una personalidad de la cultura uruguaya, su padre, el inmigrante canario Francisco Espínola Aldana, fue un personaje maragato. Periodista y político blanco, participó en las revoluciones de 1897 y 1904, lideradas por Aparicio Saravia, y en el alzamiento de 1935, conocido como Paso del Morlán. Fue uno de los jefes del frustrado motín contra la dictadura de Gabriel Terra, al que llevó a su primogénito que luego describió sus temores y su captura por las tropas gubernamentales en una crónica memorable.

Don Paco había nacido en 1871, en Yaiza, poblado cercano a un sitio de leyenda: la primera parroquia de San Marcial del Rubicón de Lanzarote, donde se inició la colonización de las Islas Canarias, muy a principios del siglo xv. Cuando Paco hijo vino al mundo, el 4 de octubre de 1901, Espínola Aldana era un influyente caudillo maragato, casado con Justina Cabrera Corujo. El niño aprendió con su madre a observar a sus semejantes hasta en los mínimos detalles; y con ambos comprendió el significado de amar el “pago” y el compromiso con el Partido Nacional.
Victoria, la segunda hija del matrimonio, nació en 1904, pero el rebelde canario la conoció tiempo después, porque estaba ausente como soldado de Saravia. En setiembre fue herido en Masoller, y al año siguiente nació su tercera hija, Enriqueta. En 1910, cuando participaba en la revuelta armada contra la reelección de José Batlle y Ordoñez, moría su suegro, Fernando Cabrera, quien tantas veces lo había cobijado en su estancia de Rincón del Pino, luego de sus aventuras contra el gobierno colorado de turno. Cabrera había cuidado la tropilla de caballos azulejos de Manuel Oribe.
Paco fue a estudiar medicina en 1919, y al poco tiempo participó en las elecciones internas del Partido Blanco Independiente, en la “lista de los poetas” del escritor Javier de Viana. En Montevideo describía su casa familiar maragata, en relatos orales que convocaban a ruedas interminables de amigos y compañeros. “Era enorme y señorial, de grandes patios cubiertos con pisos de piedra y en cuyo fondo se alineaban las caballerizas.” Y de don Paco decía: “De él obtuve lo fundamental: formación cristiana, tradición criolla, devoción filial por los caudillos –mi padre es uno de ellos–, paternal conmiseración por los infelices desheredados a quienes se daba amparo en la casa del abuelo y en su propia casa”.
En 1935 los Espínola, padre e hijo, participaron en el levantamiento del Paso del Morlán, un paraje del departamento de Colonia, donde una treintena de rebeldes –blancos independientes, batllistas, socialistas, comunistas– liderados por el general Basilio Muñoz y el propio caudillo maragato, se enfrentaron a las fuerzas de la dictadura de Terra.
Paco dejó su memoria de los hechos en una carta al filósofo Carlos Vaz Ferreira en la que retrata mejor que nadie aquel episodio, mientras reconoce su miedo al peligro, a la violencia, y a la propia batalla en la que participó de saco, camisa y corbata, con un rifle que no funcionaba. El saldo fue de ocho muertos, decenas de prisioneros, incluido el escritor de 33 años.
Cuando estimó esa valerosa acción, don Paco fue elocuente: “¡Estoy orgulloso de usted, m’hijo!”. Al viejo jefe nacionalista nunca le importó la notoriedad literaria del joven, ni que fuera un celebrado cronista de la popular revista Mundo Uruguayo y del diario El País, ni crítico de Marcha. Nunca abandonó una simbología heroica, a la que Paco solía aludir: “Mi padre… yo tendría 8 o 9 años, me decía: ‘¡Usted tiene que tener un cuidado bárbaro!, más que nadie, porque usted es noble…’. Pero ¿sabés para qué me decía que éramos nobles? No para compadrear, sino porque así yo tenía la obligación de cumplir con los de atrás, siendo como ellos, imponiéndome deberes con todo el mundo, sirviendo a todos, y ¿qué es lo que noto yo ahora? Papá me leía también y estaba templándome. Me hacía querer y admirar a los grandes personajes”.
Francisco Espínola Aldana murió el 11 de abril de 1948, cuando ya su hijo era una de las cumbres narrativas del país, ensayista, dramaturgo (que firmaba “Francisco Espínola hijo” por pura devoción filial, según Carlos Maggi), memorable profesor de literatura en el Instituto Normal, en Enseñanza Secundaria y en la Facultad de Humanidades. Sus “mateadas con los clásicos” (así llamaba Juan Carlos Onetti a sus clases abiertas) son leyendas de la narrativa oral, inolvidables para una multitud de alumnos curriculares y asistentes extracurriculares.
Su obra se inició con Raza ciega (1926), a la que siguieron Saltoncito (1930), relato infantil muy difundido en las escuelas, Sombras sobre la tierra (1935), La fuga en el espejo, pieza teatral estrenada en 1937, Las ratas (1945), El rapto y otros cuentos (1950), Milón o el ser del circo (1954), un ensayo sobre temas estéticos. “Sus páginas están dotadas de ese poder sugestivo que sólo poseen los narradores de garra”, afirmaba Alberto Zum Felde. En 1961 recibió el Premio Nacional de Literatura, y en 1968 publicó tres fragmentos de Don Juan, el Zorro, una expresión representativa de la literatura latinoamericana contemporánea, que luego fue obra póstuma, editada en 1984 como una reconstrucción de fragmentos éditos e inéditos, realizada por los críticos Arturo Sergio Visca y Wilfredo Penco.
En 1962 adhirió al Frente Izquierda de Liberación, junto con su amigo y cuñado Luis Pedro Bonavita (“otro maragato terriblemente olvidado”, afirma Mirtana López). En 1971 se afilió al Partido Comunista y al Frente Amplio, en un gran acto público, justo él, que había arriesgado la vida por la divisa blanca de su padre. Lo que nunca cambió fue un heredado amor por la democracia y la libertad. Su muerte fue un emblema de ese legado. Falleció en la noche del 26 de junio de 1973. Un día antes del golpe de Estado más cruel y doloroso en la historia del país.

Cuchara y pala

“Paco Narrador” es un monumento de 1,80 metros de altura, construido en mortero de arena y pórtland, reforzado por una estructura de metal. “Tiene el material y el hierro suficientes para soportar las peores travesuras”, afirma Riguetti, quien utilizó las herramientas del albañil: cuchara, pala, maceta, tenaza, cortafierros, soldadora eléctrica. Su obra será inaugurada el 30 de octubre, en la séptima edición de la Feria de Promoción de la Lectura y el Libro de San José.
Su autor, el escultor Heber Riguetti, nació en Montevideo pero es maragato desde los 5 años, cuando llegó a la ciudad con su familia. Se define como un autodidacta. “Me encanta ver algo donde parece haber nada”, afirma. Algunas de sus obras más conocidas son el “Trabajador rural”, ubicado en la entrada de San José; el monumento a Pablo Bengoechea en Los Aromos, y una intervención escultórica vertical en el teatro Macció que ocupa una esquina desde la planta baja hasta el Paraíso.
“Paco Narrador” fue financiada por un acuerdo del Club San José con el Ministerio de Transporte y Obras Públicas. También hubo contribuciones anónimas de materiales y dinero, y de la marmolería Aníbal Abbate, que donó el granito negro que recubre la base.

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