Biografías fundamentales.

Otro Marx para el siglo XXI

Este año un mural irrumpió en la tranquilidad grisácea de Montevideo. Sobre el túnel de 8 de Octubre, la imagen de Karl Marx con una remera negra de Black Lives Matter1 era combatida por un afiche pegado encima con la inscripción “¡Cien millones de muertos, gracias, Marx! Intendente Martínez, el homenaje pagalo vo$”. Casi se podría decir, si la reiteración no lo volviera un loop ridículo, que un fantasma recorre Montevideo, el fantasma del marxismo. Las sábanas de este fantasma están compuestas por retazos que se han cosido desde todos los flancos, y el resultado es una figura amorfa, un continente en el que se ha vertido casi cualquier contenido, tanto de parte de tirios como de troyanos.

Marx por Murro. Ilustra: Federico Murro

QUÉ HACER. Con respecto a la figura de Karl Marx (1818-1883), la intelectualidad del siglo XXI tiene como tarea central comprenderlo. Esto significa pensarlo como un intelectual situado (un prusiano del siglo XIX que quería entender y modificar el entorno injusto que percibía) y como un ser humano, con sus limitaciones y sus logros, siempre relativos. Los apologistas han hecho del barbudo alemán un dios oracular que pudo ver con claridad el futuro, y del Manifiesto comunista (dado que El capital no sirve como texto doctrinal) una pequeña biblia que responde a todas las dudas. Los opositores han visto en Marx la serpiente originaria, la que hizo morder la manzana de la sabiduría (“¡Están siendo explotados! ¡No se dejen engañar!”) a los débiles y ha creado rencorosos en todas partes del mundo, ofendidos que defienden todo tipo de causas nobles y no tan nobles, en todas las épocas. Tomar partido por uno u otro bando de este maniqueísmo lleno de ruido y furia no parece ser una opción saludable para el pensamiento del siglo XXI.

Esta negativa a situarse en alguno de los extremos, esta necesidad de echar luz sobre una de las figuras más oscurecidas de la filosofía occidental, son sin duda los impulsos que llevaron a dos prestigiosos profesores a escribir nuevamente acerca de la vida y la obra de Karl Marx. Jonathan Sperber es un estadounidense especialista en el siglo XIX que enseña historia en la Universidad de Missouri. Gareth Stedman Jones es un inglés catedrático de historia de las ideas en la Queen Mary University of London. El libro de Sperber, Karl Marx. Una vida decimonónica, es de 2013, y el de Stedman Jones, Karl Marx. Ilusión y grandeza, es de 2016 (su primera edición en español es de 2018). Leer biografías es una buena manera de celebrar los 200 años del nacimiento de un pensador que cambió la historia intelectual del mundo.

EL OCASO DE UN ÍDOLO. En la introducción del libro de Sperber se deja de manifiesto que “Visto en sentido positivo, Marx es un profeta clarividente de la evolución social y económica, y un defensor de la transformación emancipadora del Estado y la sociedad. Desde una óptica negativa, Marx es uno de los máximos responsables de las lacras y los males del mundo moderno” (pág 12). Unas líneas después se aclara que ha llegado el momento de entenderlo de otro modo: “como una figura de una época histórica pretérita, cada vez más alejada de la nuestra. (…) Quizás resulte más provechoso entender a Marx como un personaje anclado en el pasado, que tomó las circunstancias de la primera mitad del siglo XIX y las proyectó en el futuro, y no tanto como un intérprete clarividente y fidedigno de las tendencias históricas. Estas son las premisas subyacentes de esta biografía” (pág 13).

En su prólogo, Stedman Jones se dispone a aclarar ciertos puntos en la línea de Sperber (quien desde luego forma parte de la bibliografía de su libro), pero ya denunciando con nombre y apellido a los mitógrafos de Marx: “Más sorprendente resulta que la mitología que rodea a Marx no fuera una invención del régimen soviético, pues ya había comenzado a forjarse en la época de su muerte, en 1883, y a desarrollarse en los 30 años siguientes. La invención de lo que llegó a ser rotulado como ‘marxismo’ fue, al principio y en buena medida, una creación de Engels en sus libros y panfletos, partiendo del Anti-Dühring, publicado en 1878. Fue además una elaboración de los líderes del Partido Socialdemócrata de Alemania, particularmente de August Bebel, Karl Kautsky, Eduard Bernstein y Franz Mehring (…). En Rusia el ‘marxismo’ fue promovido intensamente en las décadas de 1880 y 1890 por Gueorgui Plejánov y luego por Lenin, como una filosofía y también como un movimiento político” (pág 18). Stedman Jones insiste en la construcción de Marx como referente que hizo el Partido Socialdemócrata, dado que tanto en la biografía de Mehring como cuando publicaron la correspondencia entre Marx y Engels, censuraron los duros comentarios que ambos hacían contra ese partido. Recién entre 1929 y 1931 apareció una edición no censurada de la correspondencia, a cargo de David Riazánov. Stedman Jones remata sosteniendo: “Este era el Marx que habría de percibir –bastante equivocadamente– el siglo XX”, y luego cierra adelantando que “El objetivo de este libro es situar a Marx de vuelta en el ámbito del siglo XIX antes de que esas elaboraciones póstumas sobre su personalidad y sus logros fueran confeccionadas” (pág 21).

LOS HECHOS. Si bien son dos biografías que se destacan por abundar en comentarios filosóficos e históricos, y justamente es eso lo que hace de estos libros dos obras maestras, los detalles del periplo vital de Karl Marx y de quienes lo rodearon durante su vida también se desarrollan por extenso, y están narrados –vaya contextualización– a la manera de una novela realista del siglo XIX, con un protagonista envuelto en un ambiente y un universo de personajes y acontecimientos que orbitan constantemente y determinan capítulo a capítulo sus acciones y sus ideas. Se demuestra una vez más la capacidad comunicativa, dirigida al amplio público, de los escritores de habla inglesa.

Karl Marx nació en Treveris, Renania, el 5 de mayo de 1818. Desde joven se sintió impulsado a llevarle la contra a su padre, y esto, lejos de ser una impronta personal, era una marca del Romanticismo, que enfrentó para siempre a la generación adulta, conservadora y tradicionalista, con los jóvenes rebeldes, liberales y revolucionarios.

En paralelo a su carrera (primero en la Universidad de Bonn y luego en la de Berlín) ensayó una poesía que en parte estaba dedicada a su prometida Jenny (quien seguía viviendo en Treveris y sería luego su esposa y madre de sus hijos) y en parte a sí mismo, en su afán de pretendida genialidad.

En la Universidad de Berlín se encontró con la filosofía de Hegel, y este encuentro sería uno de los acontecimientos cruciales de su vida intelectual. Formó junto a otros devotos del maestro el grupo Jóvenes Hegelianos, que emprendió proyectos periodísticos, con el apoyo de buena parte de la burguesía local, hasta que el régimen totalitario y conservador de Prusia no les permitió seguir difundiendo ideas que criticaran e intentaran cambiar la realidad. Siguieron con su actividad en París hasta que la represión del gobierno también los alcanzó allí, donde además tuvieron conflictos internos y poco apoyo de los socialistas franceses. Marx siguió su camino por otros derroteros, como Bruselas y Londres. Este movimiento perpetuo, unido a la renuncia de Marx a su nacionalidad prusiana, hizo de él, por voluntad propia, un ciudadano del mundo, o mejor dicho de Europa.

La colaboración con distintos medios de prensa fue su única forma de sustento económico, aunque en muchas ocasiones fue ayudado por burgueses que lo veían como un intelectual que podía ayudar a cambiar las condiciones de vida que imponían las monarquías y los gobiernos represivos de la época. Uno de ellos fue el inglés Friedrich Engels –hijo de un rico empresario textil–, que formó parte inseparable de la vida de Marx hasta el final de sus días.

ABAJO EL SISTEMA. Quizás uno de los errores de quienes inventaron “el marxismo”, en los últimos años de vida de Marx y luego de su muerte, fue querer construir un sistema de pensamiento único, homogéneo, sin fisuras. Marx dijo alguna vez que él no era marxista. Pero sobre todo, por su temperamento (y para esto sirve también una biografía) nunca habría podido diseñar un sistema de pensamiento total, cerrado y unívoco. Uno de los Jóvenes Hegelianos, Arnold Ruge, que trabajó con él durante buena parte de su juventud y en su etapa formativa, describe la manera caótica de trabajar de Karl: “Es una personalidad singular: perfecto como académico y autor, pero absolutamente un desastre como periodista. Lee un montón; trabaja con inusual intensidad, y su talento crítico degenera en ocasiones en una dialéctica gratuita. Así y todo, no termina nunca nada, lo deja todo a medias y se sumerge de nuevo en un mar interminable de libros. (…) Es irritable y de temperamento irascible, particularmente cuando, estando enfermo, ha seguido con su labor y no se ha ido a la cama en tres o hasta cuatro noches seguidas” (Stedman Jones, pág 190).

La vida de Karl Marx, agitada, enfermiza, angustiada, siempre al borde de la miseria, conspiró contra todos los proyectos intelectuales que se trazó: “En las dos décadas que separan 1850 de 1870, Marx desarrolló sus teorías filosóficas, sociales y económicas de madurez. Cuando se piensa en estas teorías, se imagina a un sabio barbudo pasando las horas enfrascado en gruesos tomos del Museo Británico; pero por lo general las actividades intelectuales de Marx tenían que hacerse un hueco entre tareas que requerían mucho más tiempo: el activismo político de los emigrados, el periodismo, la Asociación Internacional de los Trabajadores, evitar a los acreedores y las enfermedades graves o mortales que afectaron a sus hijos y a su esposa, y, después, tras la aparición de su enfermedad cutánea en 1863, a él mismo. Con demasiada frecuencia sus proyectos intelectuales estaban meses paralizados o quedaban relegados a horas intempestivas” (Sperber, pág 369).

Así, todas las veces que le ha impuesto un mote a su pensamiento, este ha resultado falso, excesivo, poco adecuado o simplista. Esto es lo que sucede, por ejemplo, con la categoría de “materialismo histórico”. Si bien Marx se sintió muy influenciado por el materialismo de Feuerbach, que en aquel entonces denominaban “humanismo”, nunca dejó el sistema dialéctico hegeliano, y en todo caso el modo crítico de Marx siempre resultaba de una síntesis entre el materialismo feuerbachiano y el idealismo hegeliano. Uno de los impulsores del impreciso “materialismo histórico” para definir el pensamiento de Marx fue el propio Engels. Luego los rusos Plejánov y Riazánov extendieron y diseminaron el equívoco (Stedman Jones, págs 230-231).

Sin embargo, otro error no menos frecuente es establecer etapas claras en el pensamiento marxista. Es moneda corriente encontrar oposiciones entre el “joven Marx” y el “Marx maduro”, muchas veces marcando el punto de inflexión en los Manuscritos económicos y filosóficos de 1844, donde Marx agrega la crítica de la economía a sus pensamientos; otras veces determinando como bisagra la publicación del Manifiesto comunista en 1848, con el que Marx profundiza su militancia política en la Asociación Internacional de Trabajadores (Ait), que mantendría hasta el final de sus días y en la que defendió, por ejemplo, la causa de la Comuna de París en 1871. Desde el punto de vista de Sperber, “Diferenciar dos etapas en la obra de Marx, el Marx joven y el maduro, supone subestimar la pervivencia de los conceptos hegelianos en su pensamiento” (pág 149).

También la vinculación con el naturalista inglés Charles Darwin debe ser tomada con pinzas. Los Jóvenes Hegelianos, a esa altura no tan jóvenes y ya todos ellos trabajando por la construcción de un modelo comunista o socialista (casi sinónimos en la época) que lograra derrocar al capital y condujera a la humanidad hacia la sociedad sin clases, vieron en Darwin un modelo científico para intensificar su defensa del ateísmo y el materialismo. Pero haciendo su devoción extensiva a todo el positivismo y el cientificismo del siglo XIX, Moses Hess y Bruno Bauer, por ejemplo, abrazaron las doctrinas racistas que el conde de Gobineau suscribía en su Ensayo sobre la desigualdad de las razas (1853-55). Marx mantuvo una posición firme contra ellos, y en general desconfió del positivismo de la segunda mitad del siglo XIX, y del olvido de la dialéctica hegeliana que comenzaba a extenderse por todo el pensamiento europeo de esa época.

EL CAPITAL, LA OBRA CAPITAL. Pero buena parte de todos los equívocos que surgieron de las interpretaciones marxistas que se hicieron a posteriori derivan de que nadie, o casi nadie, entre quienes hicieron de Marx el mesías de los totalitarismos del siglo XX, leyó en su totalidad todos los tomos de El capital (1867), la obra crucial, la que le llevó cerca de veinte años de arduo estudio y de la que se han extraído las más diversas posiciones sobre el presente y el posible futuro de la sociedad capitalista. Como los dos últimos tomos fueron compuestos por Engels luego de muerto Marx, a partir de una cantidad de manuscritos inéditos que debió ordenar y clasificar –para ver qué se publicaba y qué no–, el pensamiento de la etapa final de Marx es sumamente complejo y en muchos casos contradictorio. Lo que Marx quiso llevar a cabo con El capital puede resumirse en el siguiente fragmento: “Desde un principio la economía política trataba la relación de una persona con otra como un vínculo entre propietarios. Procedía como si la propiedad privada fuese un atributo natural del hombre o una simple consecuencia de ‘la propensión al transporte, el trueque y el intercambio’ descrita por Adam Smith. Como fruto de ello, era incapaz de diferenciar entre ‘la vida productiva’ del hombre y ‘toda esta enajenación’ provocada por el ‘sistema monetario’. La tarea del crítico debía ser desvelar la realidad esencial del hombre como ser genérico enterrado bajo este mundo invertido y traducir el discurso enajenado de la economía política a un lenguaje auténticamente humano” (Stedman Jones, pág 217).

También se le ha atribuido a Marx, por ósmosis, la concepción de Engels de que el imperialismo es la fase final del capitalismo, cuando el excedente de producción no puede venderse en el mercado local y necesita nuevos destinos fuera del ámbito nacional. Pero según Sperber (pág 417), en el tercer tomo de El capital se aclara este punto: “Marx pensaba que el colonialismo pertenecía a una fase anterior del capitalismo, la era de la acumulación originaria anterior a 1800, cuando los capitalistas extraían la plusvalía por la fuerza y con violencia, y era menos relevante en la era industrial, cuando la plusvalía podía extraerse de forma pacífica”.

Con respecto a la abolición del capitalismo para dar lugar a la sociedad sin clases, Marx planteó dos posibilidades en su deriva intelectual: la de derribarlo de manera violenta, y la de esperar a que el propio capitalismo se degenerase y muriera solo, dando luz, tras sus cenizas, a una nueva sociedad; “la idea de que el capitalismo llegaría a su fin no tanto a consecuencia de una revuelta de la clase trabajadora y una ‘época de revoluciones’, sino más bien como resultado de un fracaso económico de carácter sistémico” (Stedman Jones, pág 649). Esta última hipótesis es la menos difundida, la que fue (¿es?) más difícil de aceptar por los totalitarios de izquierda, pero la que sin duda hubiera evitado millones de muertes producto de las antojadizas recepciones de Marx a lo largo del siglo XX.

  1. Literalmente, “Las vidas de los negros importan”, nombre que tomó un movimiento social estadounidense surgido a raíz de los reiterados actos de “gatillo fácil” de la policía contra la población negra, mayoritariamente en el sur de Estados Unidos.

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