El domingo, entre las dos y las cuatro de una tarde de sol de otoño, el escrache se concretó. No fue una masa de gente, más bien poca –¿cien personas?– la que se concentró primero en la plaza y marchó luego hacia el edifico de ladrillo, pero resultó suficiente como para hacerse notar y recordar al menos a los vecinos de José Martí al 3077, pleno Pocitos, que allí arriba, en el cuarto piso, uno de los torturadores y asesinos más emblemáticos tiene su casa. Acaso para sacarse la bronca y para remarcar que, casi siempre, en los actos de este tipo hay algo de sanación, personal y colectiva. Un par de jóvenes treparon a una saliente del edificio y junto a otros dos colocaron una banderola, atada a una palma: “Gavazzo: a donde vayas te iremos a buscar”. Un habitante del edificio pasó por debajo de la pancarta, se dio vuelta, la miró apenas, y siguió camino. Otro relojeaba desde lo alto. Una muchacha en bicicleta frenó, preguntó a alguien de qué se trataba, se quedó y terminó aplaudiendo. Algunos de los concentrados hablaron: Irma Leites, de Plenaria Memoria y Justicia, siempre allí, recordó la foja de servicios nacional e internacional de Gavazzo, hizo en voz alta las preguntas que todos allí se hacían (¿por qué esta libertad?; ¿por qué justo ahora, cuando se lo está juzgando en ausencia en Italia y su extradición le fue concedida a Argentina?; ¿no es acaso una provocación que se le coloque una tobillera electrónica, algo en principio reservado a delincuentes primarios, y no se le imponga custodia?), recordó también que hay todavía más de 550 torturadores libres… Beatriz Benzano, que hace cuatro años estuvo entre las 28 mujeres que se atrevieron a hablar en primera persona de las agresiones sexuales que sufrieron estando presas, lo reiteró el domingo: Gavazzo, dijo, violó a mujeres y adolescentes, y reía –Gavazzo siempre ríe– mientras castraban a Roberto Gomensoro. “Así no hay justicia”, o “aquí no hay justicia”, dijo Benzano, y en cualquier caso todos aplaudieron. Un grupito de jóvenes anarcos tomó la delantera mirando hacia arriba y varios los siguieron; “la tobillera, la tobillera, mostrá la tobillera”. Cuando llegó la hora de la dispersión alguien creyó ver que la cortina del cuarto piso se subía, muy poco se subía, y que una cara asomaba.
Edición 1544
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