Imperialismo en crudo II - Semanario Brecha
febrero 2026: Cuba bajo asedio

Imperialismo en crudo II

La última mohicana

Editorial

No era cosa de agoreros: Gaza prefiguraba una nueva era. Más allá de las particularidades que hacen único el caso de la Franja y el genocidio de su gente, lo que se estaba gestando en el laboratorio palestino era una política de tierra arrasada llamada a constituir un modus operandi global. Era, también, un termómetro para medir hasta dónde habría resistencia. Todo lo que sucedió después confirmó aquella previsión que algunos enunciaron como una «gazificación del mundo».

La era Trump le daría su cara más bestial a un imperio herido y en decadencia que iría por todo y por todos: Irán y su oposición a un Oriente Medio modelado por y para Israel; Venezuela y su petróleo; Cuba y sus símbolos. Se daría, también, su doctrina (una Estrategia de Seguridad Nacional que, entre otras cosas, se reserva el conjunto del espacio americano como coto de caza), sus métodos y su liturgia celebratoria: en la Conferencia de Seguridad de Múnich, hace apenas diez días, Marco Rubio, un secretario de Estado ya designado por su patrón como su procónsul para Cuba, reeditaría sin pudor alguno viejas cantinelas colonialistas ante unas vapuleadas élites europeas que aplaudieron de pie «El regreso de Occidente» (como se titula en este especial la nota que perfila a Rubio).

* * *

«¿Será Cuba la próxima presa en la cacería de países emprendida por el presidente Bush? Lo anunció su hermano Jeb, gobernador del estado de Florida, cuando dijo: “Ahora hay que mirar al vecindario”, mientras la exiliada Zoé Valdés pedía a gritos, desde la televisión española, “que le metan un bombazo al dictador”. El ministro de Defensa, o más bien de Ataques, Donald Rumsfeld, aclaró: “Por ahora, no”.»

Lo anterior lo escribía en estas mismas páginas, hace más de 20 años, Eduardo Galeano. Cambiando Bush por Trump, Jeb por Rubio y Valdés por algún equivalente cubano de la venezolana María Corina Machado, se lo podría perfectamente reeditar hoy sin variantes. O con una: el Rumsfeld de la era Trump, Pete Hegseth, aclararía: «Ahora, sí».

La contratapa de Galeano se titulaba «Cuba duele» y su eje era una toma de distancia con la burocratización que se acentuaba, la represión que ídem, en una «revolución nacida para ser diferente» con la que el autor se sintió identificado. La des-socialización estaba en sus comienzos y el cansancio no había hecho mella aún en una sociedad a la que le faltaba todavía mucho bloqueo, mucho acoso que padecer (temas que se abordan en «Efectos de un bloqueo», «La migración como arma», «Cifras de una caída» y «Otra vía de estrangulamiento»).

Vista la evolución de las cosas (se da cuenta de ello en «Cuba y nuestro lejano mundo más justo»), aquellas críticas de 2003 podrían sin duda reiterarse y acentuarse hoy, rehuyendo el reduccionismo (como se postula en la columna «Salir del binarismo y solidaridad internacional»). Pero como se dice en «Cuando aúllan los chacales», en un escenario global que ha variado para peor, con una Cuba con escasísimos aliados a los que recurrir (asunto contemplado en la nota «¿Por qué Cuba?»), y ni aun así («Un bloque paralizado»), el músculo solidario se activa aquí (véase «Tradición solidaria») o allá (véase «Más que turistas»). Siempre desde abajo, desde una sociedad civil que busca poner en marcha una flotilla, reúne alimentos, medicamentos, dinero para paneles solares o para las cosas más elementales, que desborda a los Estados y que, en países como Brasil, como México, como Colombia, presiona a los gobiernos progresistas a que envíen petróleo y se decidan por el «sí se puede». Con excepción –en parte– de México, poca respuesta llega desde los progresismos. Ni hablar del uruguayo, que vibra en una dimensión particular (de lo que se ocupa la nota «Agua y aceite»), volando bajito, bajito, planeando en medio de sus omisiones y sus olvidos (véase «Con Cuba en el corazón»).

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«La revolución sobrevivió como pudo, y no como quiso», matizaba Galeano en sus dolencias. ¿Habría llegado Cuba a la situación de pobreza, abandono y oscuridades diversas que transmiten las imágenes que hoy inundan los medios –a menudo hasta un regodeo tendiente a machacar sobre «el fracaso del régimen» y ocultar otras y más violentas autorías– de no haber mediado la buscada asfixia? Difícil creerlo. Contrafáctico, sin duda. Tema de debate y disputa, en todo caso, sobre el que volver una y otra vez, como lo plantean desde la propia isla aquellos que no se resignan a que la revolución haya ido perdiendo sus antiguos bríos en manos de una nueva generación de tecnócratas o de quienes la quieren resignificar sin «cambio de régimen». Se agota el tiempo (de los cuerpos, de las expectativas), piensan (véase «Tiempo cero»), pero claman por resistir. «Cuba no es Venezuela», coinciden unos y otros el día después que la guardia costera se enfrentara a balazos con una lancha expedicionaria llegada de Miami para «liberar la isla, ahora que hay contexto», y quedara en evidencia una dimensión mini del «sí se puede». A lo mismo se apuntan muchos que proclaman tener a la revolución a distancia, pero a los yanquis más aún. Acaso eso marque la diferencia, que no es poco en tiempos tan oscuros, donde cada rendija de resistencia es oro puro.

 

Daniel Gatti

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